Registrado: 31 Ene 2004 Mensajes: 10.683
|
24/04/2012 08:23:47
|
|
| Cantaneitor escribió: | ¿Alguien se va a leer mi puñetero relato de la página anterior y loar mi obra con sus siempre escasos elogios?
Me llamo Jorge, pensad que no me habéis felicitado y que me lo debeis.
|
Felicidades Jorge!!
Tu relato es muy chulo, lo que más me gusta es que es bastante gamberro aunque a primera vista no lo parezca. De hecho definiría tu estilo como gamberillo sin caer en lo soez .A quien le guste los libros de Posteguillo no debe perdérsrlo.
Bueno y aprovecho ,ya te he loado bastante ,leed también el mío que he quedado la tercera!!! Así en la tierra como en el cielo, una reflexión sesuda sobre la sociedad de nuestro tiempo pero a la vez muy entretenida. Una ucronía en la época egipcia.
http://zonaforo.meristation.com/foros/viewtopic.php?t=1912612&start=0
| Cita: | ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Me gustaría relatar, con la distancia que da el paso del tiempo, algunos hechos de mi vida que puede que no sean de gran importancia ahora que ya todo ha pasado y la Tierra afronta este siglo XXI con energías renovadas, pero que sin duda la tiene para mí, ya que fui partícipe en primera persona. Empezaré por el principio.
Me llamo Akena. Mi tío me puso ese nombre en honor al faraón Akenatón. Me contaba que los nobles lo traicionaron y borraron su nombre de la faz de la tierra. Su único pecado había sido querer abrazar a un único Dios. Mi tío pertenecía a los cristianos, un grupo tachado de terrorista que cree en la igualdad de todos los seres humanos. Cuando me hablaba de su fe, llegaba a afirmar que no estábamos en la era de Ptolomeo XXIII, como el gobierno decía, sino a finales del siglo XX después de Cristo. La religión cristiana se creía exterminada como lo había sido la musulmana o la budista, pero no había sido así, y ahora incluso plantaban cara al todopoderoso Estado egipcio.
Soy un bastardo, hijo de una esclava y un noble egipcio. Mi madre fue educada desde que era niña para dar placer a los nobles de Alejandría. Cuando su belleza se marchitó ya no quisieron saber más de ella y la echaron de sus fiestas y sus lujos. Se odió por eso y se quitó la vida antes de cumplir los treinta.
Mi madre nunca se ocupó de mí, ni siquiera se preocupó en ponerme un nombre. Fui criado por su hermano. Mi tío era un esclavo que creía que la biblioteca de Alejandría estaba tocada por el poder divino, ya que ahí residía todo el conocimiento acumulado desde hacía milenios. Me contaba emocionado que gracias a ella habíamos podido viajar a las estrellas, lo que nos acercaba un poco más a Dios. Pronto aprendí que más bien eran los nobles los que tenían ese privilegio. Solamente ellos podían viajar más allá de la Tierra. El resto existíamos para servirles a ellos, al faraón y a los nobles de pura raza descendientes de los dioses, los intocables. Mi tío era uno más del servicio de limpieza de la biblioteca de Alejandría. Le hubiera gustado ser bibliotecario, pero eso era imposible ya que los a los esclavos no les estaba permitido aprender a leer. Solo los nobles más selectos, los intocables, tenían el privilegio de serlo.
Mis abuelos paternos eran los últimos descendientes de una antigua y poderosa familia de intocables que comprendieron con horror que pronto se extinguirían cuando su único hijo, Kefrén, murió en un accidente sin haber tenido un heredero. Cuando supieron de mi existencia, conseguí unos privilegios impensables para alguien como yo. No tendría estatus de esclavo aunque tampoco sería un intocable, pero sería libre y haría honor a la sangre de Kefrén convirtiéndome en un bibliotecario de la gran biblioteca de Alejandría como lo había sido él.
Todo esto me lo contó mi tío la última vez que hablamos. Estaba radiante. Recuerdo que me agarró fuertemente elevándome por el aire y mientras reía me decía:
–Ahora serás feliz y podrás realizar todos tus deseos, Akena, incluso viajar a las estrellas.
Yo no tenía ni idea de cuáles podrían ser esos deseos, pero estaba feliz de verlo tan contento y también reí con él.
Mi vida cambió significativamente desde ese día. Fui trasladado a la biblioteca y no se me permitió ni ver ni hablar más con mi tío, ya que era alguien inferior y él no podía siquiera mirarme a los ojos. Cuando los profesores que se encargaban de nuestra formación me descubrían en una falta, me daban tales palizas que me dejaban durante días sin fuerzas para levantarme. Eran nobles de mucho menor rango que los intocables y no podían soportar que un antiguo esclavo tuviera el honor de ser bibliotecario. A mis seis años de edad estaba convencido de que mi tío me había engañado. No existía ninguna felicidad en ser bibliotecario. Era mentira. Al final él también me había abandonado. Acabé odiándolo por eso y no por su condición de esclavo como ellos me exigían.
Mis compañeros intocables apenas hablaban conmigo. Yo era poco menos que un monstruo para ellos. No tenía amigos, así que me refugié en los libros y fui un alumno ejemplar. Tenía ocho años cuando conocí a Amarna. Era una intocable de una familia tan importante como la mía. Llegó con cuatro años y lloraba cuando fue separada de los brazos de su niñera. Todos la reprendieron y la abandonaron como a mí, entre los muros de la biblioteca.
Varios días después, mientras estudiaba en un lugar apartado como hacía siempre, levanté la vista de mi tablet y me la encontré mirándome fijamente.
—¿Qué miras? —le espeté bruscamente, preparado para recibir sus burlas.
—Te pareces a Seti ¿Puedo quedarme aquí contigo?
Al principio no lo entendí, pero luego caí en la cuenta. Los esclavos tenían el pelo rubio y los ojos claros, y yo había heredado esos rasgos de mi madre. Seti debía de ser su esclava y también su niñera. Los Intocables tienen la tez oscura, el pelo negro y los ojos caoba; al darme cuenta de que era mi aspecto lo que había despertado su interés por mí, no pude mas que sentir simpatía por ella.
—Bueno, está bien. Te permitiré que te quedes si no me miras más con esa cara tan fea.
La miré de reojo y le sonreí. Ella me miro confusa, pero respondió a mi sonrisa con otra aún mayor.
Desde ese día, en su tiempo libre siempre venía a verme. Junto a ella, la biblioteca empezó a cobrar matices que nunca hubiera adivinado yo solo. Aprendimos a manejarnos con la habilidad de un ratón entre sus pasillos, asombrándonos con cada descubrimiento, a la vez que nuestras risas se perdían entre montones de legajos y discos llenos de polvo.
En una de sus visitas me enseñó con orgullo el kehtrna que ese mismo día le había sido otorgado. Parecía un simple mando a distancia como el de un televisor pero mucho más resistente. Me sorprendió ya que nunca había visto uno real, solo los conocía por los libros. Era un pequeño acelerador de partículas personal e intransferible, que únicamente recibían los nobles. Con él podían viajar instantáneamente a otros planetas mucho más rápido que a la velocidad de la luz. Mirándolo recordé mi estatus y me di cuenta de que yo nunca recibiría uno; no podría acompañarla. Ese día mi mal humor la espantó de mi lado.
Los años pasaron y mi cariño se fue trasformando en un amor profundo al mismo tiempo que ella se iba distanciando cada vez un poco más de mí. Nadie lo provocó, simplemente se convenció de las virtudes del sistema. Creía verdaderamente que únicamente le correspondía a los nobles encargarse, tanto del conocimiento como de los kehtrnas, evidenciando así su superioridad sobre los esclavos. Yo era ahora a sus ojos alguien inferior, impuro, y pronto olvidó su infancia en mi compañía. Algo en mí se rompió cuando comprendí la causa de su frialdad, pero al mismo tiempo me topé de cara con un culpable contra el que podía luchar; el absurdo e injusto sistema de clases. Con veintitrés años ya era mayor de edad por lo que podía salir de la biblioteca e ir a la ciudad. Alejandría tenía muchas posibilidades y mientras mis compañeros iban a los burdeles más selectos donde estaban las esclavas y esclavos más bellos, yo llevaba tiempo visitando los peores barrios, intimando con los cristianos y participando en sus planes. No creía en su fe, solo coincidía con ellos en que todos éramos iguales ante Dios. Su odio hacia todo lo egipcio, incluida la cultura, no era algo con lo que yo pudiera estar de acuerdo.
En el gobierno mundial egipcio, muchos se habían pasado al cristianismo porque odiaban la corrupción que había alcanzado el sistema y querían renovarlo. Por eso al principio muchos gobernantes e intelectuales les ayudaron, pero se les escapó de las manos. Los esclavos eran muchos más y estaban mejor preparados. Incluso mataban a los poderosos intocables que se habían aliado con ellos, tachándolos de traidores. En cuestión de meses la mayoría de nobles habían huido a otros planetas. Los bibliotecarios fueron de los primeros en marcharse, llevándose toda la información importante con ellos. En Alejandría había estallado la guerra y todo el planeta se había contagiado de sangre.
Amarna desde el principio se había negado a abandonar la biblioteca. Para ella era el símbolo principal del Estado y pensaba que nunca podría sufrir ningún daño, ya que los siglos le habían demostrado que siempre salía sin un rasguño de incendios, terremotos y saqueos. Cuando los cristianos derribaron las puertas y empezaron a destruirla, se dio de bruces con la realidad y entró en pánico. Entonces quiso utilizar su kehtrna para escapar pero lo encontró roto. La cultura y libertad egipcias estaban representadas en la biblioteca y el kehtrna. Eran los pilares básicos de la todopoderosa sociedad egipcia, y ahora habían desaparecido en un instante ante sus ojos. Amarna se derrumbó desolada y solamente quedaba yo a su lado para protegerla. Cuando nos descubrieron, los líderes cristianos me reconocieron y me dijeron que les entregara a Amarna. No podía utilizar la fuerza contra ellos, debería usar otro tipo de lenguaje si no quería morir como un héroe inútilmente. Esperaba que todos los años de aprendizaje en la biblioteca me sirvieran ahora para salvarla.
—Es una intocable y merece morir. Entréganosla, Akena —me exigió el líder de los cristianos.
—Amenofis —le contesté con seguridad—, hemos vencido, te he ayudado y quiero mi recompensa. La mujer es mía.
Amarna me miró conmocionada. En la sociedad egipcia los nobles, tanto hombres como mujeres, tenían los mismos derechos y nadie era propiedad del otro, aunque los esclavos eran mucho menos que un perro. En cambio, para los cristianos, los hombres eran todos iguales, pero la mujer según las antiguas escrituras tenía que subordinarse al hombre. Amenofis entendió perfectamente mis exigencias.
—Está bien, en justicia la mujer te pertenece —me contestó con una media sonrisa.
Luego les gritó a sus hombres que siguieran avanzando. Antes de irse me dijo:
—Nos volveremos a ver, Akena. Ahora en verdad ya eres uno de los nuestros.
Se marchó con sus hombres mientras yo cubría a Amarna con una capa para esconder sus rasgos. Por primera vez me alegré de mis ojos azules y mi pelo rubio. Al escapar le iba susurrando como cuando éramos niños, que no la abandonaría y que conmigo estaría a salvo. Ella se aferró a mí con fuerza mientras murmuraba mi nombre. En ese momento la abracé aún más fuertemente.
Han pasado los años y hemos tenido varios hijos, nos hemos convertido al cristianismo y tenemos un huerto donde plantamos nuestra propia comida. La tecnología y la cultura egipcias son ya un recuerdo. Los nobles se fueron lejos junto al faraón y ya se han olvidado de la Tierra. No les importamos. El nuevo gobierno me trata bien. Como soy uno de los pocos que puede leer, enseño a los líderes del gobierno y a sus hijos. El resto de los ciudadanos no lo sabe y creen que toda la cultura, fuente de todos sus males anteriores, ha desaparecido por completo. Continúan siendo pobres pero se creen libres aunque simplemente hayan cambiado de dueño y ahora trabajen para otros.
Amarna me ama, es feliz conmigo cuidando de nuestros hijos. Pero algunas noches sale sola al jardín y se queda horas mirando las estrellas, pensativa. En esos momentos sé que no se lo diré. No descubrirá que fui yo quien consiguió que se quedara todo este tiempo a mi lado. Jamás sabrá que no pudo escapar ese día porque, horas antes, había destruido con mis propias manos su valioso kehtrna para que así nunca pudiera abandonarme. |
Criticadnos!!! y Loadnos!! Hemos dicho
P.D.- Sobre el radicalismo del foro política. Yo cada vez participo menos porque yo misma me noto más radical y siempre he preferido ser pacífica, además ya no hay debates en sí solamente quejidos, berrrinches y mala leche. Prefiero gastar mi ocio en otras cosas más alegres.
|