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22/04/2012 15:57:33
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A mi hay nuevos "talentos" del foro política que me dan miedo. a algunos es que procuro evitarlos porque me enseñaron que hay gente con la que es mejor no discutir. Gracias a ellos echo de menos al clan cavernario .
Por otro lado, este mes en el concurso de relatos del Foro Literatura el tema ha sido Ucronías. Os deo el enlace de los 9 relatos y digo, así como el que no quiere la cosa, que he ganado compartiendo primer puesto con otro forero. Mi relato es Cartago Roma. A ver que os parece, perras.
http://zonaforo.meristation.com/foros/viewtopic.php?t=1912612&start=0
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CARTAGO ROMA
—No. No se llama así a esta puerta. Deberías aprenderlo si quieres volver solo algún día. —El hombre miró al cielo como recordando algo que había hecho mil veces y continuó hablando. —Es pom, pom-pom, pom, pom-pom-pom. Así te abrirán. No de otro modo.
El chico captó el mensaje rápidamente. Repitió la cadencia de movimientos según su tío le había dicho. Entonces la puerta se abrió y un esclavo númida apareció priorizando su mirada hacia un lado y otro de la calle antes que a las dos personas que tenía justo enfrente. Después les invitó a entrar con un movimiento de manos y les dijo:
—Pasen rápido. —Y habiendo notado que se dirigía a un general romano se afanó en ser educado. —Bienvenidos.
El esclavo se apartó un poco de la puerta para dar paso a los dos hombres al pequeño vestíbulo de la domus. La decoración básica de éste constaba de varios mosaicos con escenas eróticas posiblemente traídas de más allá del Tirreno. En cualquier casa eso suponía una ofensa contra el visitante y contra los dioses Lares, dato que hizo constar el muchacho abriendo los ojos de par en par y sintiéndose escandalizado en su interior. Su tío lo miró de soslayo y no pudo más que sonreír ante la inocencia de su sobrino.
—Esperen aquí, por favor. Enseguida sale la lena.
El esclavo se retiró durante unos instantes mientras el joven, ya más tranquilo tras observar la actitud relajada de su tío, observaba los mosaicos con una curiosidad propia de su edad. Actividad que hubo de declinar al poco tiempo cuando entró en la estancia una mujer madura, de unos cincuenta años, que disimulaba su edad con una cantidad exacerbada de pinturas y polvos sobre su rostro. No obstante, estos no hacían más que mitigar un poco su aspecto maduro, pues las arrugas y el pelo gris la delataban.
—Cneo Cornelio Escipión, uno de mis mejores clientes.
Cneo que estaba en ese momento observando como dos hombres y una mujer disfrutaban de los placeres de la carne, retiró sus ojos del mosaico y los posó sobre ella.
—Mis arcas vacías no pueden más que avalar ese comentario.
Los dos rieron a carcajadas debido al ocurrente comentario de su tío mientras el muchacho no podía más que esbozar una ligera sonrisa, más por compromiso que por ser verdaderamente sincera. Cneo se acercó a la mujer y continuó hablando.
—Publio, está es la mejor lena de toda Roma, tanto en su trabajo como en sus mentiras.
—Cneo rió de nuevo pero esta vez la mujer no le acompañó.
—Mi corazón se entristece ante esas ofensivas palabras, general. —Dijo la lena recalcando cada palabra y haciendo gestos teatrales para darle más énfasis.
—Tranquila, mi dinero curará tu orgullo.
Publio pensó que ambos estaban interpretando una obra de Livio Andrónico en exclusiva para él.
—Pero bueno, se me olvidaba. He venido con mi sobrino. Se llama Publio Cornelio Escipión. Aprovecho que su padre está en Siracusa para presentártelo. Espero que Pomponia no se entere de esto. —Guiñó un ojo a su sobrino, el cual, por su propio bien, no pensaba decirle nada de aquello a su madre.
Y era cierto lo de su padre, estaba en Siracusa. Los sufetes lo habían mandado junto a Asdrúbal Barca a estudiar los ingenios bélicos que un griego, llamado Arquímedes, estaba preparando. Estos servirían para terminar de una vez por todas con el asedio de Placentia. Al parecer el ingeniero griego estaba planificando una torre de asedio con ruedas y poleas que podría servir.
—Vaya, otro importante nombre romano llamado a hacer grandes cosas. ¿Qué edad tienes?
—Tengo quince años, señora.
—¿Señora? ¡Qué educado para ser de la misma familia que tú, Cneo!
Ambos volvieron a reir a carcajadas pero esta vez Publio ni siquiera esbozó una ligera sonrisa. Se sentía avergonzado. Cuando terminaron, habló su tío.
—Por cierto lena, llegó a mis oídos que hubo un altercado en una taberna del barrio hace poco días. Murieron algunas personas.
La mujer frunció el ceño ante el cambio de aires que iba a tomar la conversación. Dudó durante unos instantes pero pensó que sería una tontería mentir a su interlocutor en ese tema, el cual ni le benefiaba ni le perjudicaba.
—Si, al parecer un grupo de cartagineses tuvieron un enfrentamiento con un romano en la taberna. Éste les dijo que Roma no les pertenecía, que había sido la ciudad más grande del mundo conocido y volvería a serlo. Lógicamente estos cartagineses se abalanzaron sobre él, pero se defendió con tal maestría que dos murieron bajo su espada y otro resultó herido. Después huyó y fue perseguido por las callejuelas. Al final, gracias a un tal Tito Macio, un tramoyista que buscaba una buena recompensa, lo localizaron escondido en un molino. Fue condenado a muerte de inmediato. Hoy lo ejecutan, creo que se llama Cayo Flaminio.
—¿Clayo Flaminio? —Cneo quedó pensativo durante unos instantes. —¿No fue ese uno de los tarajoperos de Quinto Fabio Máximo en Arrentium? Estoy seguro de que luché contra él. Se nos escapó.
Tras mencionar a Quinto Fabio Máximo, Publio recordó como Tíndaro, el maestro griego que le había asignado su padre, le contó que tras perder la guerra contra los cartagineses hacía más de veinte años, muchos romanos no se subyugaron a ellos. La principal cabeza visible de estos no era otro que el abuelo de Quinto, que consideró traidores a los demás cónsules que ofrecieron sus armas antes que la destrucción de Roma, sus familias y ellos mismos. Los Máximos, junto a otros como los Emilio Paulos, decidieron ir al norte y escapar a Genua donde se hicieron fuertes. Años después, le explicó Tíndaro, se unieron con Demetrio II de Macedonia, para conquistar todo el mundo conocido. Demetrio les prometió que Roma volvería a ser suya, cosa que Publio dudaba conociendo la naturaleza traidora de los macedonios.
Seguía el joven Escipión sumido en sus pensamientos cuando oyó de nuevo la voz de su tío.
—Pero bueno, dejémonos de política. Hoy hemos venido aquí para otra cosa. Lena, quiero que mi sobrino se estrene con una mujer joven y dulce, pero que tenga la suficiente experiencia para hacerle disfrutar de los mejores placeres que esta casa ofrece.
—Pasad por aquí. —La señora hizo un gesto con la mano invitando a los hombres a seguirla.
Pasaron a través de un sobrio atrium y de un sencillo tablinium hasta llegar a un peristilo portificado. Este era exageradamente grande para el tamaño de la casa, dando cabida a media docena de higueras y dos triclinium bordeados de varias cestas con frutas de diversas clases.
—Esperad aquí un momento. —Dijo la mujer escabulléndose por uno de los pasillos adyacentes.
Cneo se tumbó en uno de los triclinium y de uno de los cestos cogió un pequeño racimo de uvas que fue desgranando poco a poco. Publio tenía el estómago encogido por la situación, por lo que se limitó a tumbarse y a esperar lo que podían depararle los dioses del destino.
No tardó mucho en averiguarlo. La lena volvió a los pocos minutos con una muchacha agarrada de la mano. Era una joven de tez morena y ojos verdes, con pelo negro, liso y largo que le cubría hasta la mitad de la espalda. Vestía una túnica blanca, prácticamente transparente, que dejaba poco a la imaginación. Sus formas eran perfectas, caderas anchas, pechos pequeños pero turgentes y unas piernas largas con muslos generosos. A Publio le pareció perfecta.
—Acaba de llegar de Egipto. Lleva pocas semanas entre nosotros por lo que apenas ha tenido trabajo. No obstante, por lo que cuentan los que han estado con ella, es muy recomendable. ¿Es de tu gusto joven Escipión?
Publio no pudo más que asentir con la cabeza.
—¡Hecho entonces! —Gritó Cneo con gran alegría mientras la muchacha cogía suavemente de la mano a su sobrino y se lo llevaba hacia el dormitorio. —Y ahora, lena, dame a probar ese vino que mandaste traer de Hispania. —Las carcajadas de su tío fueron lo último que escuchó Publio antes de adentrarse en la habitación.
Una vez allí el joven se sentó en la cama. Estaba temblando por no saber si iba a estar a la altura de las circunstancias. No obstante, sus miedos se desvancieron rápidamente, lo que tardó la egipcia en desprenderse de su túnica. Publio sintió como su miembro respondía al instante tras verla desnuda. Los nervios se disiparon completamente cuando la muchacha posó sus manos sobre los hombros del Escipión y colocó sus senos al alcance de su boca. Minutos después ambos descansaban en el lecho. En la cara de Publio se dibujaba una sonrisa de satisfacción inmensa.
—Debo salir un momento. —Dijo educadamente la joven.—Esperamé aquí, por favor, aún no hemos terminado.
Tumbado en la cama Publio fue rememorando lo vivido hacia unos momentos con su amante. Las posturas, las caricias y los besos. Había sido perfecto.
De pronto unos gritos procedentes del peristilo lo sacaron de sus pensamientos. Desnudo se acercó a la ventana. Lo que vio allí le hizo palidecer. Su tío tenía el arma desenfundada y acababa de hacer el giro clásico de los Escipiones con su espada. Eso significaba que iba a combatir a muerte. Enfrente de él, al menos una docena de hombres vestidos con el uniforme clásico de la legión romana se preparaban para una lucha en clara ventaja.
—Traidores. Sufriréis las consecuencias.—Dijo Cneo.
—¿Traidores nos llamas? Un romano subyugado bajo el poder de Cartago. Maldito seas. —Contestó uno de ellos.
—Nos vencieron. Es justo. Júpiter decidió servir bajo el mando de Baal.—Cneo estaba absolutamente convencido de sus palabras.
—Júpiter no sirve a nadie. Y hoy se va a demostrar. Cuando acabe el día, Quinto Fabio Máximo caminará victorioso por las calles de esta ciudad, devolviendo Roma a sus dioses.—Dicho lo cual los atacantes se abalanzaron sobre su tío bajo la atenta mirada de una sonriente lena.
Publio reaccionó enseguida. Debía ayudar a su tío y alertar en el foro de la traición que se estaba gestando. Pero cuando se dio la vuelta sus esperanzas se desvanecieron. Delante de sus ojos estaba situado un hombre con una espada desenfundada. Tenía una incipienta barba canosa pese a no tener más de treinta años. Éste comenzó a hablar:
—Lo siento, muchacho, pero has de morir. Hoy todos los traidores iréis al averno y seréis castigados por Plutón.—Los ojos del hombre desprendían una determinación que pocas veces había contemplado Publio.
Entonces comenzó a oir una serie de gritos, carreras y golpes en la calle.
—La revolución ha comenzado. Ahora se está forjando un nuevo destino para Roma.—Esbozó una sonrisa mientras se acercaba al Escipión.
—Y dime, asesino,—interpeló Publio mostrando todo el orgullo que una muerte segura podía otorgarle—¿quién he de decir a Plutón que me envía?
El hombre se detuvo un instante pensativo. Aquel joven tenía agallas, era una pena que tuviera que acabar con él de aquella forma tan poco honrosa. Desnudo y sin armas.
—Oye bien, muchacho. ¡Dile a Plutón que te envía Cayo Lelio! |
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