Registrado: 16 Jun 2003 Mensajes: 9.354
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15/12/2012 12:35:42
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La crítica de "El Mundo":
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Se acuerdan de aquello de la buena pipa. Pues eso es 'El Hobbit': el cuento de nunca acabar. No importa lo que se narra, sino la sensación de estar narrándolo; no cuenta el propósito del relato sino la propia experiencia de estar dentro de él. No es tanto por el huevo, sino por el fuero. Signifique esto último lo que signifique. ¿Y esto es malo? Depende.
Más que nada es un problema de actitud. Y esto sí es importante. Hubo un tiempo, por aquello de hacer historia, que los primeros que tuvieron un libro en sus manos sintieron con toda probabilidad una profunda repugnancia. Repugnancia intelectual, que es de las peores.
¿Dónde quedó la labor minuciosa de esos seres entregados al trabajo y a la oración recluidos en sus monasterios fríos como los culos de las ranas frías? De repente, la Cultura (gran palabra) era cosa de unas máquinas infernales que juntaban las letras como si fueran cucarachas llenas de tinta y fango. Gutenberg, menudo impostor, debieron pensar.
Lo que importa es la sensación de reconocimiento, de verse dentro de una historia ya contada, ya conocida, ya, incluso, vivida
Pasó el tiempo y, lo que son las cosas, los libros, los de tinta y papel, son los únicos con el IVA reducido. Pero el intelectual, siempre dispuesto a poner caras de espanto, no se quedó ahí. Y la tomaron con el cine. Hasta a Machado, nada sospechoso de estirado, le sentaba fatal ese invento de feria. Eso sí, en cuanto empezaron a aburrirse de verdad en las salas de cine, se les pasó el disgusto. Y claro, el enemigo pasó a ser, por ejemplo, los efectos especiales. ¡Qué vergüenza ir al cine a ver naves que vuelan, planetas imposibles o superhéroes que levantan trenes! "Eso es 'escapismo'", clamaron como si estuvieran anunciando una nueva forma de aerofagia.
Cuando el intelectual aprendió a ser marxista la cosa llegó al paroxismo. Cuánto abanderado, traductor ocasional o apologeta a horas perdidas de la escuela de Francfurt o el húngaro Georg Lukacs (qué ironía que su nombre ande tan cerca del de George Lucas) no ha abominado del jazz, del cine, del pop y del 'sursum corda' por ser herramientas de dominación, alienación y usurpación. Cuánto lector de Taurus no se ha sentido jesuita por un día. "¡Ay de mi aura en la época de la reproductubilidad (vaya palabro) técnica!", clamaron los cien mil hijos de Walter Benjamin.
Ahora, que ya todo eso va camino de ser superado (o no tanto), el enemigo es el videojuego. Antes lo fue el videoclip, esa unidad milimétrica que se cargaba el plano-secuencia kilométrico. Ahora decimos, la consola es el enemigo. Si ustedes quieren pasar por gente de respeto digan aquello de "esta película es mala porque parece (redoble de tambores) un videojuego". Hágase la luz y enciéndase la 'play'.
Pues bien, El Hobbit, como decíamos muy al principio, es, admitámoslo, un videojuego. Pues exactamente como en él, lo que importa es la sensación de reconocimiento, de verse dentro de una historia ya contada, ya conocida, ya, incluso, vivida. Y lo decimos, cuidado, con pleno y entero sentimiento de gozo. Nos gustó la imprenta (aunque preferimos el e-book), adoramos internet y celebramos cada efecto especial como si fuera una señal que indica el sitio exacto adonde nos hubiera gustado llegar con la imaginación. Y por ello, reconocemos en el lenguaje del videojuego un elemento tan ancestral como el más básico de los mitos fundacionales: se vive dentro, no se observa desde fuera; se goza como una prolongación de la piel de la retina; es el mundo que se amplia. Es pura y, divina incluso, alienación.
En un universo genuino
Y a eso juega, nunca mejor jugado, el videojuego que nos propone Peter Jackson a vueltas con el relato fundacional de Tolkien. Ya sabíamos todo. Aunque nos cueste distinguir a un trasgo de un trol y a este último de un orco, aunque siempre nos asalte una duda cada vez que el Saruman almidonado de Christopher Lee asoma la cabeza (¡pero este hombre es bueno o es malo!), ya, decíamos, lo sabíamos. Sabíamos que los hobbits viven en casa redondas, fuman en pipa y tienen los pies grandes. Sabíamos lo del anillo, lo de la espada, lo de...
Y, sin embargo, no importa. Lo que atrae, gusta y emociona, es la sensación de estar dentro de un universo genuinamente genuino; tan familiar como, definitivamente, propio. Y así, la película se desliza por la pantalla como un simple, frenético y envolvente videojuego. De pantalla en pantalla, de pelea en pelea (jamás se vio nada parecido a la batalla con los trasgos -o eran...-)... Todo ello en un ingobernable delirio hipnótico.
De hecho, la película se comporta como una versión extendida de la propia versión extendida de un dvd. No hay eso que normalmente se llama ritmo narrativo. Y no lo hay, porque la narración no importa. Lo que cuenta, ya se ha dicho, es la experiencia; el arrebato. Tras un pelea de horas, de golpe, los enanos catan, comen, se hurgan la nariz. Bilbo, el más incapaz de los héroes (y por eso el mejor de todos ellos), pasa más tiempo quejándose que corriendo. Pero, qué más da. La idea es que no acabe nunca.
Por supuesto, los que tengan que enfadarse se enfadarán. Gruñirán incluso. ¿Dónde quedó el trabajo delicado de esos monjes que copiaban letra a letra con dibujitos de ángeles en medio? Son demasiadas cosas para una mente criada en la ignorancia del desprecio 'francfurtinano', 'habermasiano' o austrohúngaro: 48 fotogramas por segundo (qué definición, dios), tres dimensiones (saltan las tripas de los monstruos a la cara) y un incesante correr de un lado a otro, de una pantalla a otra...
Claro, con tantos alicientes, a uno no le queda tiempo ni de recordar el párrafo exacto del 'Minima moralia' en el que Adorno anunciaba el futuro triunfal de la música dodecafónica sobre la vulgaridad del pop. Gutenberg, menudo impostor. |
EL MUNDO
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