Ir al contenido

Publicidad
Publicidad

Foto

Relatos del bimestre noviembre-diciembre


  • Nuevo tema
  • Por favor identifícate para responder
152 respuestas en este tema

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#1

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:13

Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger cinco de los relatos presentados a concurso y darles un valor de 5, 4, 3, 2 o 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán cinco relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Pevi vía MP, antes de concluir el día 15 del segundo mes, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día 16 será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día 17 del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 18 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Pevi quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.


La condición de este bimestre era:

La narración debe centrarse en un personaje histórico y en un momento real de su biografía. Puede tener los elementos de ficción e incluso fantasía que queramos, pero ha de partir de ese personaje real en un momento real (o supuestamente real, como mitos populares que rodean ciertos personajes). Debe quedar claro quién es el personaje y cuál es el momento histórico, tanto si se dice expresamente o si solamente se sugiere. No hay restricciones en el punto de vista ni en el tiempo usado


  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#2

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:17

IMPORTANTE

Se ha cambiado el número de votaciones al ser ¿13? los relatos recibidos:
5 puntos al mejor relato.
4 puntos al segundo mejor.
3 puntos al tercero mejor.
2 puntos al cuarto mejor.
1 punto al quinto mejor.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#3

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:32

IMPORTANTE

Voy a informatizar el concurso de relatos X-D X-D

No, en serio. Muchos os gustó lo que se hizo hace dos con la muestra de comentarios, que estuvieran agrupados por relato y no por lector. El problema de esa manera de hacer las cosas era que exigía mucho tiempo de ordenación y colocación. Con ocho relatos recibidos, pues aún pude hacerlo: 8x8 = 64 comentarios a ordenar. Pero con 15 de la última vez, pues como que me negué: 15x15 = 225 comentarios. Esta vez son 13, lo que da una suma de 169, así que son un montón otra vez.

A lo que voy, voy crear un programa para que ordene dichos comentarios, así tendremos votaciones y comentarios automatizados de la manera que más nos gusta, y yo sin currar una mierda (que es es de lo que se trata, ¿no?, X-D ). (Bueno, curraré haciendo el programa, pero algo me da que será un ahorro de tiempo para el futuro).

Muy bien. Como mi programa será muy tonto, habrá que indicarle a la perfección lo que sé le quiera decir, y de una manera educada, nada de insultarle, que se tomará mal esas ofensas.

Para mandar los votos/comentarios se hará con la siguiente plantilla (con un ejemplo puesto):

[Nick]pevi
[Relato]Relato4:Fantasmas de Shadows

[5Puntos]Relato6:Canta apesta
[4Puntos]Relato3:Deseo eso de dso
[3Puntos]Relato1:Pevi está feliz
[2Puntos]Relato42:Pevi está triste
[1Punto]Relato23:Pevi es bipolar

[Mejor Escrito]Relato3:Deseo eso de dso
[Más Original]Relato53:Shadows contratatataca

[Opinion]Relato1:Los perros de la virtud
Tiburon tres: the return.
Que voy a decir de este relato, si está brillantemente escrito...

[Opinion]Relato2:Los perros de la virtud
Tiburon cuatro: familia hambrienta.
Feo, muy feo, no se puede escribir así, de esta manera tan estúpida y carente de emoción...

[Opinion]Relato3:Los perros de la virtud
Tiburon cinco: por la aleta te la...
Eys, pues eso, que suerte la próxima vez...





Tengo que recibir vuestros privados de la anterior manera. Tenéis que respetar, sí o sí, las etiquetas entre corchetes (y no utilizarlas en ningún otro lado del texto), así como los espacios y la numeración de relatos:

[3Puntos]RelatoXX:
[2Puntos]RelatoX:

Yo será esto lo que buscaré, lo que venga después no lo tomaré en cuenta (pero es bueno para vosotros (y para mí) que ahí salgan los títulos de los relatos, así hay más información. Sólo tenéis que poner tras relato el número al que le dais los puntos, si es un dígito, pues uno; sin son dos, pues dos.

Os dejo la plantilla para esta edición:
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#4

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:34

[Nick]
[Relato]RelatoXX

[5Puntos]RelatoXX:
[4Puntos]RelatoXX:
[3Puntos]RelatoXX:
[2Puntos]RelatoXX:
[1Punto]RelatoXX:

[Mejor Escrito]RelatoXX:
[Más Original]RelatoXX:

[Opinion]Relato1:Los perros de la virtud


[Opinion]Relato2:Los perros de la virtud


[Opinion]Relato3:Los perros de la virtud


[Opinion]Relato4:Los perros de la virtud


.
..
....
.........
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#5

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:37

Relato1

Esclavo despertándose

Denominación: Esclavo despertándose
Clasificación: Escultura italiana,
Cinquecento.
Datación: 1519-1536
Autoría: Miguel Ángel Buonarroti.
Localización: Galería de la Academia,
Florencia.


Ya había terminado el discurso y las palabras de Savonarola le habían impactado. Savonarola hablaba como Dios lo haría, hablaba de amor pero también de miedo y de culpa, y del infierno que nos espera tras la muerte. La ciudad de Florencia era demasiado liberal para ese discurso apocalíptico, pero Miguel Ángel necesitaba escucharlo. Los despreocupados nobles florentinos de su época nunca podrían entenderlo, el monje conectaba perfectamente con las clases más bajas de la ciudad y por eso los Médici le tenían miedo, y la verdad sea dicha, el propio Miguel Ángel también. Esa mañana no había ido al taller, más tarde buscaría una excusa convincente ante sus compañeros y ante el propio Lorenzo el Magnífico que se extrañarían de que algo o alguien lo hubieran apartado unas horas de su trabajo.
Para Miguel Ángel el arte era una forma de acercarse a Dios y la escultura era su llave, los placeres de la carne no le absorbían de la manera en que lo hacían las piedras. El éxtasis que alcanzaba mediante el sexo no era nada comparable al que sentía cuando creaba una obra con sus propias manos. Savonarola dibujaba en la mente de la gente el infierno como algo posible y terrorífico en el que la mayoría de personas quedarían atrapadas al morir, y eso es algo que Miguel Ángel intentaría evitar mediante sus ofrendas artísticas.

Cuando regresó al taller Pietro Torrigano, otro de los alumnos más destacados, se le acercó corriendo con un libro en las manos.

—¿Lo has leído ya? ¿Por eso no has venido esta mañana? ¿Qué te ha parecido?

Cuando le tendió el libro, Miguel Ángel pudo leer en la portada, «Tratado de la pintura por Leonardo Da Vinci». Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No le gustaba Leonardo, era un gran pintor y gracias a su constancia tenía éxito en todo lo que se proponía, en cambio él se ahogaba en sus propias bravuconadas ya que la mayor parte de las veces sus obras resultaban inacabadas.
Era verdad que con solo diecinueve años aún era muy joven para osar comparársele, pero la realidad era que no podía soportar el inmenso ego de Leonardo, quizás porque le recordaba demasiado al suyo propio. La voz de su amigo lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Qué hacemos? Este libro va dirigido contra nosotros —le espetó Pietro. — Ha ridiculizado a la escultura diciendo entre otras cosas, que es comparable a la obra de un simple zapatero y que por eso es inferior al noble arte de la pintura.

Miguel Ángel no podía apartar los ojos del libro mientras la rabia le iba invadiendo.

—De acuerdo. Si guerra es lo que quiere, la tendrá —dijo apartando a Pietro de un empujón mientras salía del taller en dirección a su casa.

Cuando terminó de leer el libro la furia dejó paso a la desolación. Todo lo que Leonardo decía tenía sentido, la pintura era algo más limpio, cuidado y abstracto. Quizás mediante ella se pudiera llegar a plasmar la verdadera belleza más fácilmente. Leonardo se había reído de la escultura y de él mismo delante de todo el mundo. La tradición colocaba a la pintura como una de las artes más bellas y cercanas a Dios, en cambió la escultura resultaba ser simplemente un triste remplazo. En esos momentos odió su torpeza con el pincel más que nunca al mismo tiempo que envidiaba a Leonardo con una furia inusitada. Estaba claro que esta vez había perdido la batalla ya que en el fondo de su corazón creía que Leonardo tenía razón.

Esa noche sólo podría ir a un lugar, a casa de Lucila. Su amante era una antigua modelo, había utilizado su cuerpo como referencia para algunas obras hacía un par de años y siempre le pareció hermosa. No le gustaban los burdeles, eran demasiado escandalosos y sucios. Pocas veces se interesaba emocionalmente por alguien, en este caso sabía que no se amaban aunque eso no les impedía tener sexo de vez en cuando. Se sentía cómodo con ella porque su carácter era tan fuerte como el suyo.
Cuando le abrió la puerta le sonrió complacida mientras le decía:

— Sabía que vendrías aquí esta noche. Nadie habla en Florencia de otra cosa. Tu escuela y Leonardo sois la comidilla de la ciudad. ¿Sabes que hay apuestas sobre cuál será vuestro próximo paso? —Se acercó a él rodeándole la cintura mientras le susurraba en voz baja—. Estás aquí, por lo tanto la apuesta la he ganado yo.

Él la besó en los labios lentamente diciéndole:

—Entonces, cóbrate tu premio.

—Eso estoy haciendo —le contestó ella devolviéndole el beso entre risas.

Esa noche se olvidó de todo lo que no fueran sus manos recorriendo el cuerpo de ella. Durante unas horas se proclamó vencedor, ya que el cuerpo humano estaba mucho más cerca de la escultura que de la distante pintura, pero sabía que a la mañana siguiente le parecería una vana ilusión. Nunca podría defender el arte de la escultura con palabras, los libros y la escritura no eran su fuerte. El amor físico no era Arte, nunca llegaría a Dios por ese camino. Savonarola además prohibía la representación del cuerpo humano desnudo, para el monje aquello no era Arte. Pero aunque lo intentaba, Miguel Ángel no podía dejar de plasmarlo en todo lo que hacía. Ante el mundo y ante sí mismo había perdido estrepitosamente.
Se levantó antes del amanecer, siempre lo hacía. Estaba desayunando en la cocina cuando se acercó Paolo. Era el hijo de Lucila, no tendría más de dos años. El niño bostezó somnoliento sonriéndole, su madre lo seguía a pocos pasos. Mirar los ojos afables del niño le producía una vaga intranquilidad.

—No hace falta que le mires de esa manera. No harás más que aumentar tu inquietud y no llegarás a ninguna parte.

La mirada de ella era dura y sus ojos estaban fijos en los de él al decirle esas palabras.

—No es tu hijo, ni de ningún otro. Solamente yo soy su madre. No necesitamos a nadie más, así que no te preocupes más por eso.

No le contestó. Sabía que podía ser su hijo pero ella nunca le permitiría ayudarla. Si lo hiciera se sentiría poco menos que una prostituta, de esa manera le demostraba que no lo necesitaba. Vivía aparte de la sociedad de la época y hacía lo que quería, tenía una pequeña herencia de sus padres que le permitían vivir bastante bien a ella y a su hermano Roberto.
En ese momento Roberto entró en la cocina y fue directo hacia el pan. Pasó rozando suavemente con su mano la ancha espalda de Miguel Ángel que dio un respingo en su asiento.

—Estoy hambriento hermanita ¿Qué hay para desayunar?

— Por lo visto hoy nos hemos levantado todos temprano —dijo ella—. Roberto, no has saludado a nuestro invitado.

—Eso no es cierto, hermanita. Le he saludado educadamente mientras tú no mirabas —dijo alegremente guiñándole un ojo a Miguel Ángel —. Y bueno, no es que me acabe de despertar. Digamos más bien que aún no me he ido a dormir—. Terminó con una mueca que hizo reír al niño, este avanzó hacia su tío que lo cogió en brazos riendo.

Roberto tendría unos veinte años. Era el hermano menor de Lucila, su carácter era totalmente distinto al de ella, y a Miguel Ángel le inquietaba mucho más que su supuesto hijo. La verdad es que le hubiera gustado tocarlo, esculpirlo e incluso pintarlo. Se mortificaba porque su presencia le excitaba sexualmente tanto o incluso más que la de su hermana, y eso le molestaba. El sexo lo acercaba más a los animales que a Dios, y si además ese sexo era con otro hombre el hecho era inadmisible como lo confirmaban las palabras de Savonarola. Lo máximo que se permitía era una especie de amor platónico como algo perfectamente posible y deseable ya que la belleza como obra de Dios existía en ambos sexos; su conocimiento del Neoplatonismo le había hecho pensar de ese modo.
Por esa razón salió apresuradamente de la casa y fue directo al taller. Trabajó durante horas mientras repetía ante sus compañeros que a Leonardo había que derrotarlo con hechos, es decir, realizando mejores obras. Durante semanas trabajó sin descanso mientras el resto intentaba seguir su ritmo sin éxito.

Después de un tiempo volvió a presentarse en casa de Lucila, pero esta vez le abrió su hermano. Los dos se sorprendieron al unísono.

—Me alegra verte —le dijo Roberto tranquilo—. Lucila no está. Se ha ido con Paolo un tiempo fuera de la ciudad y no me ha dicho cuándo volverá. Ya sabes como es.

—Entonces regresaré en otra ocasión.

Sin esperar nada más se dio la vuelta para alejarse lo más rápidamente de la casa. Roberto entonces lo agarró con fuerza de la muñeca.

—Eso no va a poder ser. Mi hermana me mataría si no te diera de cenar ni te alojara esta noche en nuestra casa. Sabemos que siempre vienes hambriento. Anda pasa.

Se dejó guiar dócilmente hacia el interior hipnotizado por la firmeza y al mismo tiempo suavidad de la mano de Roberto en su muñeca. A la mañana siguiente no recordaba exactamente cuando sus cuerpos se encontraron y se reconocieron entre ellos, ni cuando empezaron a besarse con desesperación mal disimulada. Solo podía recordar el tacto áspero de las manos de Roberto en su piel, que lo hacían sentirse como si fuera una de esas enormes piedras de las canteras que conocía tan bien; esperando agazapado a ser descubierto y tallado por unas manos hábiles, mientras iba desprendiéndose sin dificultad de la piedra sobrante.
Lo más sorprendente de todo fue descubrirse somnoliento al día siguiente. Cuando abrió los ojos vio que Roberto ya estaba trabajando en su escritorio, se fijó en que estaba descalzo.

—Por fin despiertas. Son más de las ocho de la mañana. Realmente pensé que habías muerto— bromeó. —No es normal en ti dor...

—¿Unos simples zapatos son comparables a mis esculturas? —le preguntó de sopetón cortando a mitad la frase sin miramientos. Roberto le miró divertido, se lo pensó un poco antes de contestar.

—Tus esculturas son hermosas y apuntan al cielo. En cambio los zapatos están fabricados para arrastrarse por el suelo, como lo hacen incluso los pies de Leonardo. —Roberto se acercó a la cama satisfecho por su respuesta y se fijó en la nariz rota de Miguel Ángel.

—No te pregunté nada ayer. ¿Cómo se volvió así?

—Fue Pietro, hará una semana. Yo me quedé sin nariz, pero él también recibió lo suyo —le contestó bostezando.

—Me lo imagino. Menudo genio tienes. Menos mal que normalmente está entretenido creando obras de arte.

Él sonrió al escucharle, entonces Roberto se tumbó junto a él y lo besó mientras le decía estas palabras:

—Vuelve cuando quieras. Te estaremos esperando.

Miguel Ángel se arrebujó entre las mantas acercándose a él, al poco rato y casi sin casi poder evitarlo volvió a quedarse profundamente dormido.

Su ritmo de trabajo aumentó a la vez que lo hacían sus visitas a la casa de los hermanos, pero solo unos meses más tarde Savonarola entró en Florencia por la fuerza y echó a los Medicis a patadas. El propio Miguel Ángel también huyó a Roma. Cuando Savonarola fue al fin ejecutado por la propia Iglesia y los Médicis regresaron a Florencia, se sintió libre. En el fondo se alegró de su muerte porque demostraba que las palabras del monje estaban equivocadas y que incluso hasta el mismo Dios amaba sus esculturas. Nunca más volvió a encontrarse con los hermanos, pero eso no le impidió representarlos en muchas de sus obras durante toda su vida.
Siempre llevó consigo una escultura inacabada, la llamó esclavo despertándose. En realidad consideraba que era su mejor autorretrato, por eso nunca se separó de ella hasta su muerte.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#6

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:40

Relato2

La gastronomía demoníaca reescrita y desambiguada para los duques
El veinte de noviembre se murió el Francisco
(en el año mil novecientos setenta y cinco)
y provocó una reacción sin ningún precedente
en un hombre llamado Omar, Eslovaco y Ente.
¿Cómo era posible que tres nombres él tuviera?
Veréis, duques, tenía uno para cada acera.

Pero esto es de importancia casi pueril,
lo primordial es lo que ocurrió con el chavalín
(que era sesquicentenario en aquel momento
pero sólo un simple púber el día antepuesto).
¡Envejeció cerca de cien años del disgusto!
Ya que amedrentábale el, de la historia, curso.

Ante el evento vinieron médicos del mundo
para investigar lo que parecía ser un bulo.
Pero no, era total y absolutamente cierto:
Omar se ajó en un mísero día un siglo y medio.
Le sacaron el cerebro con pinzas de marfil
para solucionar todas las dudas al fin.

Sin embargo, era una mentira nada vera.
¡Querían almacenar el cerebro en salmuera!
Para comérselo un poco más tarde, obviamente…
Si ya decía yo que no parecían buena gente…
Y Omar replicó con la fuerza de un obelisco:
¡Devolvédmelo ahora mismoooooooooooooooo!

Después de una brava brega y tres mordiscos
el resultado final quedó sin duda decidido.
Pero como se había muerto así de repente
al remate los malos se quedaron con la mente.
Pues volvieron a su base secreta en Baviera
donde se lo comerían como ellos quisieran.

Una vez de vuelta a su ignota morada vil,
cantaron y rieron en un sangriento festín.
Oraron una pizca al señor de los avernos
en inglés, el idioma de los negros infiernos.
Lo que se dice tener ritmo no tenían mucho,
pero al menos trabajaban de un modo duro:

Oh Lord of Flies please komm into our Neighbahood
und open us the doors to the ficken Weighed Liver
Wir will do all those thinks that arr so dull
as we promised and also we tanzen in das ficken river
Lalala, doomdidoom, we want not to that
und we pray to become your ficken assistants. Ficken.


Como ya habréis notado con cierto disimulo
el cante jondo no era precisamente lo suyo.
Pero resulta que a alguien le gustó, y no miento,
ya que el Demonio vino a escuchar el concierto.
Aunque no parecía muy contento, alegre o feliz,
a lo mejor tenía algo muy importante que decir…

¡Me habéis invocado y he aquí mi presencia!
¿Hay algo aquí que sea de mi fatal incumbencia?
No tengo todo el puto día así que sedme breves
o de lo contrario os cortaré lo que cuelga el jueves.
Por cierto, vuestro sajón parece de puto circo,
sator, arepo tenet, opera, rotas, circo, CINCO.


Los bávaros esos le pidieron la inmortalidad,
algo sencillísimo para el gran señor del Mal.
Aceptó si antes pasaban una prueba sin par:
hacer que una mujer se corriera sin parar.
Y si por casualidad hacerlo no conseguían…
La pésima muerte imaginable les esperaría.

Los tíos se llevaron las manos a la cabeza
pues eran vírgenes a los puñeteros cuarenta.
El diablo chasqueó los dedos y salió la nena.
Era súper sexy e iba desnuda toda ella.
Les dijo: Empezad cuando os de la puta gana,
que la muy puta ya está bien hipnotizada.


Se acercó el primero y le besuqueó la cara.
Como no era suficiente, le tocó una planta
del pie. Sí, fue un fracaso como una casa
y el tío salió lloriqueando cual Antirrana.
Bueno, esa palabra no existe toda entera
pero es que rimar ahí no era tarea sincera.

El segundo fue directo al clítoris de la tía
y, venga, dale que dale a ver si algo salía.
Pero como lo hacía peor que una sandía,
no conseguiría nada ni en setecientos días.
Aceptó su fracaso con orgullo esquimal
y se fue a tomar un batido de oso polar.

El último a toda costa lo quería lograr
así que como un loco se puso a follar.
Mas el idiota se equivocó de agujero y tal.
Había usado el ombligo el muy animal.
Pues este parecía el final de su triste vida
de no ser porque apareció el maldito Luisma.

Acababa de beberse un barril de cerveza,
venía de pasada de una pasada de fiesta
y también quería probar el reto de la canela.
Le explicaron que se equivocaba de escena
y entonces quería tirarse a la tía marrana.
A eso ya no podían oponerse para nada.

Sin embargo, justo cuando fue a la carga,
vio que la tía era un inflable de marca blanca.
Entonces el Demonio se puso rojo bermellón,
aunque quizás ya era así antes de este follón.
La cuestión es que los bávaros dijeron: ¡Cabrón!
Y el tío diablo con mucha tristeza lo aceptó.

Bueno, siento mucho haberos engañado así.
Parecíais tontos y pensé que me podría divertir.
Pero declaro que os voy a compensar por esto.
Mero reclamo de los goy; acompasar impuestos…
Os obsequiaré a cambio de mi comportamiento.
Lo conseguiréis en cuanto todo negociemos.


Habló de cincuenta marcos por las molestias
pero ellos pedían cinco millones de pesetas.
El diablo en compensación se acercó a sus…
Y así quedaron más ufanos que una cebolla.
Todo esto fue culpa de un señor muy antiguo
conocido por todos como Franco, Francisco.

¿Ya está? ¿Sí? De acuerdo.

Bueno, ahora que se ha acabado esta historia,
me permitiréis que use el verso libre porque
ya estoy hasta los huevos de ir rimando, como
entenderéis perfectamente.

Quiero aclarar un par de cosas que quizás no
han quedado del todo claro. En primer lugar,
el cepillo de dientes que usa el Demonio es de
los caros, de esos electrónicos que giran solos.
Creo que es el único en todo el inframundo
que tiene uno. Claro, es el único que se lava.

En segundo lugar, señores duques, he de decir
que Omar, Eslovaco y Ente todavía sigue vivo.
Resulta que consiguió sobrevivir sin cerebro
(no creo que lo usase mucho anteriormente).
Me parece que eso es todo. Ah, y si os fijáis,
las primeras letras de cada verso forman el
acróstico de mi nombre… Si mi nombre fuera
Eeyecvplqpeyappolp o algo así. En fin, no importa.

Quiero agradecer al capullo de mi jefe que
me obligó a hacer esta reversión del poema
para que lo entendieran nuestros amados duques.
Oh, jefe, cómo te quiero. Eres lo peor que hay.
Como odio los jefes. Veréis, soy comunista
y trabajo por un sueldo de mierda pero me
gustaría vivir en la Unión Soviética o algún otro
país inventado como Narnia o Bermudas.
Seguro que ahí viven mejor que aquí…

Y en último lugar me gustaría mencionar
a una persona muy especial para mi vida.
Esa persona es José Stalin. Considero que
mi vida sin él no tendría sentido. No como
ese caudillo Franco, del cual tengo una
opinión muy negativa que he desarrollado
yo mismo. ¡Viva el PC!
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#7

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:42

Relato3


Un día cualquiera.









Era un día cualquiera, el sol amanecía por el este, y la hierba permanecía aún cubierta por una fina capa de rocío que nos humedecía los pies a cada paso que dábamos. Un silencio sólido dominaba la atmósfera del bosque, y el blanco de la niebla se iba evaporando, dejando que los troncos de los árboles se fueran afirmando poco a poco. Dentro de mi cabeza, proyectaba la idea de mi bautismo de fuego como algo romántico, como el día de mi vida. Cuando uno nunca ha estado en la batalla siempre se tiene un sentimiento romántico hacia ella. Por aquel entonces, yo era un ignorante de todo aquello que me rodeaba, aunque sentía el fuerte convencimiento de que conocía el significado y la importancia de cada cosa. Era un día cualquiera, un día cualquiera que resultó extraordinario, como todo lo corriente acababa convirtiéndose en una lección extraordinaria al lado de Takeda Shingen.

La traición no había podido con nosotros en el pasado; El rechazo de un padre, el intento frustrado de la aniquilación del clan a manos de aquellos a los que llamábamos aliados, conspiraciones envenenadas dentro de la propia familia, la guerra transformada en hambruna. Corría el año 1561, periodo Sengoku, Shogunato Ashikaga, y el viento que transportaba el nombre de nuestro Daimyo se estremecía en un escalofrío. Se media cada paso, cada palabra, cada estrategia, pues cada una de ellas podría significar una trampa mortal en el tablero. Todo era un arma de doble filo, pero seguíamos sobreviviendo. Habíamos nacido de la propia traición.

Con la llegada del mediodía llegaron las malas noticias. El plan era simple, debíamos haberlos emboscado en la llanura cerca de la rivera oeste de Kawanakajima —donde nos encontrábamos—, cuando se vieran obligados a retirarse ante la partición comandada por el general Kosaka que esperaba oculta en el monte. Pero en la guerra nada puede darse por sentado.

Recuerdo que empezó con un hormigueo. Era un temblor ligero, como cuando se produce un leve seísmo, con la particularidad de que su intensidad se iba incrementando con cada segundo. Una agitación que se transformo en ocho mil guerreros que corrían colina abajo poseídos por la locura en nuestra dirección. Fue una imagen brutal, sobrecogedora, que arrastró nuestros corazones a las profundidades, hasta cuajarlos, y sembró el nerviosismo entre los caballos, que encabritados hacían caer a muchos de los jinetes sorprendidos. Por un momento olvidamos quienes éramos y para qué estábamos allí, y mentiría si dijera que la idea de escapar no tomó forma en mi cabeza.

En medio de aquella vorágine de sentimientos contradictorios, la figura de Takeda permaneció serena, en calma. Estaba sobre una de las inclinaciones de la ladera, envuelto en aquella armadura roja fulgente, ocultando su rostro tras su máscara de metal, cerca de su silla, desde donde contemplaría el combate y lo dirigiría. Allí plantado, sosteniendo el tekken y dando las órdenes bajo el sashimono que se mecía en el aire, con un grabado que citaba las sabias palabras de Sun Tzu: «Moverse veloz como el viento, permanecer silencioso como el bosque, atacar feroz como el fuego, ser inamovible como la montaña». No hay palabras para transmitir el sentimiento, pero hay hombres que poseen una voz capaz de todo, y así fue como recobró nuestro sentido. Con un grito de emperador.

—¡Nareta! —Nobushige gritó llamando mi atención—. ¡Nareta Rekishi!
—¡General! —Asentí con la cabeza, devolviéndole mi atención.
—La caballería enemiga está desplazándose a los flancos, es probable que intenten atacar por atrás si consiguen rodearnos —continuó, dirigiéndose al resto de la facción de caballería—. Cuentan con los mejores arqueros montados de todo el maldito Japón, así que vais a tener el honor de vencer a un enemigo que no conoce la mediocridad en su piel. ¡No me hagáis caer en la vergüenza! ¡Somos hombres de Takeda Shingen!

Nos alejamos de la concentración de infantería, que se preparaba cargando las flechas. Poco a poco, cada regimiento se dispuso de acuerdo a las órdenes que el tekken indicaba, y esperaron a que los Uesugui estuvieran lo suficientemente cerca del alcance de la línea de alcance de sus arcos. Takeda bajó el brazo con rapidez.

—¡Disparad!

Cientos de chasquidos contaminaron el aire, y una nube de flechas recorrió el cielo que separaba un ejército del otro, sobrevolando la zona y cayendo en picado, hasta acabar impactando en los soldados ashigaru Uesugui, que caían uno tras otro. Dio tiempo a repetir la maniobra tres veces más, con la misma precisión, sin embargo, el enemigo continuaba acercándose decidido, hasta que se encontró a pocos segundos del alcance de nuestras lanzas. Entonces la voz de Takeda volvió a sonar, dando la orden para la batalla a corta distancia, para el cuerpo a cuerpo, y dos oleadas de humanidad chocaron con violencia, dando lugar al verdadero combate.

Esa fue la última imagen que vi antes de volver la vista al frente y espolear a mi caballo para que no perdiera de vista a mis compañeros. Cabalgamos entre la espesura del bosque que separaba la escaramuza de la caballería que intentaba encontrar nuestra espalda. Torpes, pero tan veloces como podíamos. Aguantando el picor de las gotas de sudor que se introducían en nuestros ojos, e intentando trasformar nuestro miedo en valor.

Con el tiempo, el fragor de la batalla que dejábamos atrás pasó a ser un murmullo, y poco después, solo se oía el silencio de nuestra concentración, acompañado por el sonido de los cascos de los caballos levantando la tierra. No tardamos en atravesar la arboleda, saliendo al claro, justo a la cola de nuestro objetivo. Recuerdo la emoción conquistando mi cuerpo, y recuerdo que imaginaba a mi padre orgulloso al oír de mi boca como habíamos sorprendido al enemigo y neutralizado su ataque en una emboscada perfecta. Estaba creyéndome mis mentiras, ahogándome en una euforia inventada, cuando la primera de las muchas flechas que lanzaron sobre nosotros atravesó la armadura que se suponía debía proteger mi pecho, con una sacudida que me levantó en el aire y me hizo caer de espaldas golpeando contra el suelo, dejándome sin sentido.

Calcular cuánto tiempo estuve ausente sería algo imposible. Si en la guerra hay algo que no se puede medir, es el tiempo y su paso. Sé que encontré dos cosas. Lo primero, fue el dolor que me despertó. La sensación de quemazón dentro de mí, mi piel, mi ropa húmeda, y el fuerte crujir que sentía en mi interior con cada movimiento después de que me sacara la flecha. Lo segundo fue el horror y la brutalidad de los cadáveres descuartizados que me rodeaban, la mayoría enfundados en una armadura como la mía, y al fondo, un hombre arrodillado. Nobushige tenía el torso al descubierto y su katana lo había destrozado por dentro, dejando que la sangre brotara de su interior como licor derramado. Sus ojos se perdían en una lejanía que yo no alcanzaba a entender, como si en sus últimos instantes de vida hubiera estado esperando algo, en alguna parte, muy lejos de allí. Me quedé sentado a su lado, observándole, intentando que su honor me diera la fuerza suficiente para acabar mi vida con dignidad. Aparté sus manos de la espada y la saque de su cuerpo, haciendo que cayera. Coloqué la hoja con la punta apoyada en mi vientre, y así me mantuve, paralizado, sin siquiera poder pensar.

Lo único que fue capaz de sacarme de mi ensimismamiento fue Sardinilla. Mi caballo seguía vivo, y me estaba lamiendo la cara. Me miraba con los ojos de siempre, y tumbado de costado esperaba a que lo montara. Cabalgar herido no es algo que aconsejaría a nadie.

En otra parte, cerca de allí, concretamente al otro lado del bosque que habíamos cruzado como guerreros, se encontraba el resto de lo que quedaría de nuestras fuerzas, intentando aguantar las embestidas que les llegaban desde todas direcciones. Al mismo tiempo, yo volvía sobre mis pasos, como único superviviente, pero ya no era un guerrero, era una vergüenza. Una vergüenza que contemplaba, con la mejor de las vistas a Uesugui Kenshin, encabezando el ataque a lomos de un corcel negro, abalanzándose sobre Shingen, que aún sentado, desvió con el abanico de guerra la katana del Daimyo enemigo, una y otra vez,

Se había perdido cualquier tipo de orden militar, aquello era un verdadero desastre, pero en medio de aquel caos, sobresalían aquellas dos figuras, danzando entre la multitud, intercambiando golpes con una velocidad vertiginosa, con una habilidad increíble, un combate entre iguales a un nivel extraordinario. Kenshin seguía embistiendo con su caballo, acorralando a Shingen, y obligándolo a no poder desenvainar su espada. Fue cuando uno de mis hermanos, posiblemente alguien con el que había compartido todo, y ni una palabra, agarró una lanza clavada en la tierra y la lanzó, acabando con sus últimas reservas de fuerza. Se clavo en la grupa del caballo, desestabilizando a Kenshin, que estuvo a punto de caer, y se vio forzado a retirarse, ocultándose entre sus hombres, que no perdieron el tiempo y atacaron todos a una. Takeda, ahora sí con la vaina vacía, esperó tranquilo. Tres segundos los separaban. Dos, uno. Esquivo la primera estocada con una finta, dejando la espalda del primer atacante al descubierto. Alzo la espada sobre su cabeza y con el filo hacia abajo, lo atravesó. Dos más se le echaron encima, atacando al mismo tiempo, cada uno desde un costado. La primera espada la desvió con la suya, la segunda la esquivo girando sobre sí mismo al mismo tiempo que se agachaba y aprovechaba para rajar sus tobillos y hacerlos caer entre lamentos. No los mató, continuó caminando, hacia una marabunta que ahora huía, y cuando guardó de nuevo su espada, dos gritos le alcanzaron desde atrás. Los gritos de dos hombres acuchillados en el suelo.

Mientras apilábamos a los caídos, lo único en lo que podía pensar era en la cantidad de tiempo que nos iba a llevar transportarlos de vuelta a casa. Takeda Shingen me había pedido que lo condujera al lugar donde habíamos caído. Quería coger el cuerpo de su hermano, y allí estaba, sentado al lado de mi general, hablando con él, mientras todos esperábamos guardando silencio.

De entre todo aquel montón de cuerpos desprovistos de vida, se alzó entre quejidos un jinete Uesugui. Mal momento para recuperar el conocimiento, pensé. Desenvainé la espada que aún conservaba de Nobushige, y caminé hacía él. Intentaba desesperadamente escapar. Era una imagen lamentable, tanto como la mía.

—Déjalo marchar —Dijo Takeda Shingen—. He dicho, que la batalla ha terminado.
—Han matado a tu hermano —le dije—. Han acabado con todos nosotros y han estado a punto de acabar contigo.
—Parece —dijo mientras me arrebataba la espada de mi general— que no han acabado con todos vosotros.

Desenrolló la cuerda que sostenía su katana, la enrolló alrededor del forro con motivos florales, y me la entregó. Golpeándome con ella en el pecho, justo en mi herida.

—No somos salvajes, somos samurái. Si no estás de acuerdo con nuestros procedimientos, te invito a que abandones esta realidad por tu propia mano. ¡Eres una vergüenza!

No se puede decir que alguien ganara o perdiera aquella batalla, simplemente fue otra de muchas tantas equivocaciones. Nunca más volví a entrar en combate. Desde entonces, siempre lo recuerdo como el día más espantoso de mi vida. No soy un hijo de la guerra, no soy un samurái. Sólo soy un hombre que se equivocó de lugar.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#8

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:45

Relato4

LOS PERROS DE LA VIRTUD

    “Sí. Lo que quiero es que te apartes, me tapas el Sol. No necesito nada más”. Esas palabras se me grabaron a fuego. Quiero decir. Hace ya tiempo que venía escuchando historias sobre las excentricidades de ese hombre, pero ¿dirigirse de tal modo hacia el gran Alejandro, como si fuese un estúpido y vulgar plebeyo? Lo que me extrañó es que no ordenara que lo desollasen. Es más. Nos pidió que le profesáremos el mismo respeto, o más, del que profesaríamos a Platón.
    “Si no estuviera obligado a vivir como Alejandro, elegiría vivir como este hombre”. Eso fue lo que nos dijo para acallar nuestras mofas sobre ese pobre loco... Más adelante entendería que esa locura no era sino, una forma de lucidez extrema, la cual pretendía evidenciar la futilidad de todas nuestras costumbres.

    Una noche de calor en el Mes de la Fiesta de las Mudanzas, caminaba por el Ágora para despejarme después de una larga celebración por las recientes victorias de Alejandro. La mezcla de hidromiel y vino de Lesbos habían alterado un poco mis sentidos de la vista y del oído. Andaba con torpeza y me recorría por todo el cuerpo una rara y, sin embargo, gozosa sensación. Arriba, en el cielo, casi podía distinguir a los Dioses dibujados entre brillo y brillo estelar. Nunca antes había probado nada parecido. Y nunca pensé que estos líquidos fueran, realmente, la encarnación de Dioniso. ¿De qué otra forma podría haber sentido lo mismo que no fuese con su bendición?
    Decidí recostarme en las escaleras de una callejuela a contemplar con más atención el firmamento, pues allá un hombre puede olvidar las muertes, las mutilaciones, todo el horror de la guerra, y dejar que los sentidos, libres en un mundo tan incierto, se embriaguen con la belleza que les rodea.
    No me había percatado en el momento de sentarme, pero al poco de estar ahí, escuché unos gemidos acompañados de húmedos golpeteos carnosos. Había, un poco más arriba, una pareja de hombres penetrándose el uno al otro, mientras una mujer se metía en la boca el falo del hombre penetrado y, ésta, a su vez, recibía los escupitajos del mismo. Como no quería participar y tampoco quería molestar, me marché a otro lugar.
Por fin, encontré un sitio tranquilo a la entrada de un templo. Allí me senté. Poco a poco los párpados iban pesando más y más, más y más, hasta caer vencidos por el sueño y el éxtasis de la bebida…
    …vacío… nube… azul… barco… desliz… ah… suave… suave… ah… placer… ah…
Una repentina humedad, acompañada de un cosquilleo en los pies, hizo que entreabriera los ojos. Borrosamente, distinguí a un perro que me lamía los dedos. Tardé en asimilar unos instantes lo que sucedía. Cuando me repuse, agité los brazos y las piernas con vehemencia para ahuyentarlo. Luego me senté a decidir si volvía al campamento o merodeaba un rato más por ahí.
    “Aún es de noche, así que tengo tiempo”, pensé. Miré hacia arriba y vi una luna enorme y hermosa. Me vino a la mente la escultura de Selene que pude ver en uno de los viajes. “Selene… Quién la cogiera. Quién fuera el afortunado en ser cogido por sus pálidas manos. ¿Y su hermana? Si algún día tengo que ser castigado por los Dioses, espero que sea por ellas dos…”.
    De nuevo, mis fantasías fueron truncadas por el mugriento cánido que se sentó frente a mí. Entonces me levanté y le perseguí un trayecto, hasta que se perdió por las calles. Yo me perdí con él. No me importó en absoluto. En aquel momento, me entraron ganas de sentir uno poco de amor en las carnes, así que fui a buscar una casa de hetairas. Un compañero de tropas me comentó que, cercano al Templo de Afrodita, había un hogar de hetairas, “las mejores que puedas encontrar en todo el imperio”.
Llegado a un punto donde no tenía ni la más remota idea de dónde estaba, me detuve a mirar los alrededores. Intentaba encontrar alguna referencia que me ayudase a orientar. Lo único que encontré fue al cánido de antes mirándome otra vez con esos ojos que parecían el Oceano.
    -¡Qué es lo que quieres, maldito! –grité con desesperación–. ¿Eres un mensajero del Hades a caso?
    En plena agitación, justo antes de darle una patada, distinguí una voz. Parecían los pensamientos hablados de un hombre. Murmullos incoherentes que no parecían llegar a ninguna conclusión.
    -Bruscamente… no… por fuerza, por fuerza, por fuerza… no pude más… no pude continuar. Describiré el lugar… carece de importancia. La cima… muy llana… de una montaña… o… o no… de una colina… pero tan salvaje… tan salvaje.
Era una voz que me sonaba, pero no lograba distinguirla del todo.
    -Hombres honestos –proseguía-. No logro encontrar hombres honestos. Los perros son más honestos que los hombres”.
    Guiado por la voz, llegué a una tinaja en la que había metido un hombre tapado con un manto. Al lado suyo, posado en el suelo, un zurrón y un báculo. Alrededor de la tinaja e, incluso dentro, había cinco cánidos en total. Entre ellos se encontraba el que las Moiras hicieron cruzarse conmigo, una y otra vez, como una pesadilla.
    -La virtud… la felicidad… nadie lo sabe… nadie lo sabe… -continuaba murmurando el hombre. Entonces caí en la cuenta; era el sabio (o el loco, no sabía cómo definirlo) que encontramos aquel día sentado en el camino.
    -Buen hombre. ¿Qué hace metido en una tinaja, viviendo como un perro? –le pregunté con real curiosidad.
    -¿Quién habla?
    -Me llamo Crates, Crates de Tebas.
    -Un hombre. ¿Eres honesto?
    -Sí, soy un hombre, un soldado de las tropas del gran Alejandro.
    -Entonces no eres honesto, ya que no puedes ser un hombre y un soldado al mismo tiempo. Lo que es determinable sólo puede tener una determinación irreductible, la suya propia.
    -Soy un soldado, entonces, orgulloso de serlo –respondí con la rotunda convicción de saber lo que quería.
    -Entonces tampoco me sirves. Yo estoy buscando a un hombre honesto, no a un soldado honesto. Con eso demuestras que no te bastas a ti mismo. Luego, no eres libre.
Confundido y, a la vez, enfadado por la poca atención que me prestó el hombre, le agarré por el cuello.
    -¡Qué es lo que quieres tú, que vives como un perro! ¡Qué hay de honroso en eso, dímelo! –grité mientras le zarandeaba.
    -Chico. Eres esclavo del orgullo de ser soldado y de la reputación que conlleva serlo, sobre todo en el ejército de Alejandro. Yo no necesito nada de eso. Para mí no existe lo honroso ni la falta de ello porque yo vivo al margen de los hombres.
    -Pero… pero… –no sabía que contestarle–. ¿Cómo un hombre puede vivir al margen de las costumbres propias de los hombres?
    -Las costumbres sólo son la falsa moneda de una moral constituida por hombres poderosos, pero nunca sabios, carentes de virtud y de felicidad… Y si me disculpas un momento, mi felicidad, ahora mismo, depende de mis necesidades vitales.
    Se levantó, enrollándose el manto a modo de toga, y se agarró el falo con disposición a mear. No se preocupó, en ningún momento, por ocultar sus “virtudes” más sensibles, como tampoco de hacerlo en una dirección en la que yo no estuviese. Me aparté como pude, ya que estaba sentado en el suelo, pero fue imposible evitar ser rociado ligeramente por las chispitas de orina que saltaban al chocar.
    -Mira chico, pareces listo –dijo una vez terminado–. Si quieres, pásate mañana por el Ágora. Allí daré un discurso para la gente que me quiera escuchar. Los que no quieran, también me escucharán, con la diferencia de que me aborrecerán. Ahora lárgate. Tengo ganas de acariciar mi falo y dormir, a no ser que quieras acariciármelo tú.
    -Eh… no… no me apetece –respondí desencajado.
    -Pues entonces largo. Ya te he dado algo en lo que pensar.
    Y eso hice. Me fui con la cabeza un poco aturdida. Sólo podía pensar en ese hombre y en su determinación de vivir como un perro. Tenía la impresión de haber pasado un día entero bañándome en el Leteo. Sus palabras no eran vanas como la de los políticos. Tenían la cualidad de hacer olvidar tu anterior vida para reencarnarte en una nueva.
    Al llegar al campamento ya amanecía. Me tumbé dentro de mi tienda y recordé lo que dijo aquel hombre a Alejandro.
    “Sí. Lo que quiero es que te apartes, me tapas el Sol. No necesito nada más”. Estuve un largo rato pensando en ello. “No necesito nada más”. Y como sí la mismísima Palas Atenea me cediera su sabiduría, logré entender el significado que entrañaban aquellas palabras.
    Cuando llegué al Ágora, el gran sabio había sido asesinado y yacía sobre su propio charco de sangre. Todavía estaba caliente. Los cinco perros que siempre iban con él, estaban, una vez más, la última vez, tumbados a su lado. Uno de los perros se giró hacia mí; el mismo de la noche anterior. Aquel mensajero de lo que, en un principio, pensaba que era un delirante sueño, de nuevo me mostró el camino y se unió para recorrerlo junto a mí. Le puse el nombre de Diógenes. Cogí su manto, su zurrón y su báculo, y cargué con el cuerpo lejos de la ciudad. En una colina, alejada de cualquier tipo de civilización, le tumbé. Puse el báculo en su mano derecha, el zurrón en el pecho y le tapé con el manto.
    -El preferiría ser carroña para los cuervos que ser parte, aún estando muerto, de los hombres –le dije a mi cánido amigo.

    Desde ese momento me dediqué a estudiar las enseñanzas de su maestro Antístenes, junto con lo poco que pude conocer de él, e impartir las mías propias. Abandoné el ejército. Renuncié, pues, a cualquier forma de esclavitud externa e interna. Sólo mantuve, al igual que mi maestro (ahora puedo llamarlo así), la radical condición de individuo. Pero a diferencia de él, yo no basé el cinismo en el odio y el desprecio hacia el hombre, sino todo lo contrario. Nunca negué a nadie consejo, como nunca un perro dejaría a su amo. Sustituí la agresividad por amabilidad, y así, la gente pasó de llamarme Crates el cínico a Crates el filántropo.
    Por eso, Zenón, mi discípulo Zenón de Citio. Cuando impartas tu sabiduría nunca olvides esa frase, “no necesito nada más”. Yo nunca la olvidé. De ese modo encontrarás la felicidad y podrás enseñar a otros el camino de la virtud.

Fin


*Nota: Este relato parte de una anécdota histórica cierta. Al lector le corresponde indentificar al personaje que, creo, es obvio. Sobre el momento histórico; también, más que obvio
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#9

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:46

Relato5

Cuando ya no se ven las estrellas.

A finales del siglo III, el imperio romano no pasa por su mejor momento. En el cercano Oriente surge, desafiante, el mperio de Palmira. Y en el trono de este nuevo reino, se sentaba una mujer Zenobia. La cual plantó cara a Roma hasta el final.

La luna esta en cuarto menguante. Una expresión de tristeza adorna el cielo estrellado. Cuenta la leyenda, que Endimión, consiguió vivir para siempre entregándose a un sueño que duraría eternamente. Eso es lo que ha sido Palmira, un sueño, y a diferencia del amante de la luna, éste no vivirá ya para siempre. Pero así tan deseperadamente como Endimión amó a Selene, así ama Zabdas a su reina Zenobia.
Esta noche huyen con unos cuantos fieles de la capital del reino y ahora no hay antorchas que iluminen su camino, recuerda el general. La noche que enterró al Rey, su esposo, en vez de retirarse, como correspondía a la viuda del monarca, marchó orgullosa hacia el trono. Ese día desafió a las normas de Palmira y al oportunista que se autoproclamaba regente. Esa noche, y tantas otras, eligió a Zabdas como su campeón en un duelo ceremonial, según el cual, sólo al que lo dioses otorgasen la razón saldría vencedor… Él, al recordar la primera noche del reinado de Zenobia, toca inconscientemente su espada, forjada con lágrimas de la luna, el metal que cayó del cielo. Con esa hoja derrotó a su oponente y ella fue elegida reina. La primera en el firmamento.

Zenobia monta ahora un camello, pero todavía tiene la pose de una reina, con la cabeza bien alta, como aquella vez que marchó con sus jinetes sobre el Egipto de los césares. Cuando derrotamos a esos perros romanos, piensa Zabdas, esa noche como disfrutamos el uno del otro, como Isis y Osiris, en el oasis sagrado de de El Fayum.
La armadura que la reina lleva ahora mismo y que fue forjada con los cetros sasanidas del este, tintinea. Las condiciones bajo las que huyen no le han permitido ceñírsela como debiera.
¡Ah Zenobia! Se lamenta Zabdas. Todo, los que hicimos que fue desafiar al Águila romana, o ¿fue simplemente aprovechar que ésta tenía que poner en orden su nido?
Se acuerda del brutal contraataque romano en Emesa, ¡Cuanto se perdió entonces! Qué tristeza. Su hermano menor Zabbai, encabezó una carga suicida con sus catafractas para que pudieran huir a la capital, Palmira. La misma que ahora se acaba de rendir al cerco de Aureliano. Y la misma que ahora abandonan por la noche como delincuentes.

El camino atraviesa los riscos en dirección al desierto y es escarpado y caprichoso. De repente, tirando de las riendas y sin mediar palabra, Zenobia frena su montura. En un recodo del camino, rodeada por las Legiones del Águila, observa la, hasta hoy, capital del imperio, como una joya que ha caído en unas brasas. La contempla porque el serpenteante sendero hace que la pequeña comitiva se la encuentre, si no fuera así, ella jamás habría dado la vuelta para mirar lo que dejaban atrás.

Inmediatamente reanudan la marcha, todos están en silencio y ansiosos, al abandonar los riscos, les espera una caravana de leales que les llevarán al desierto. Allí podrán perderse y escapar de las garras de los romanos. Quedan suficientes horas de oscuridad para lograrlo. Tal vez no vivan una vida de lujos, sentados en el trono, pero serán felices porque se tienen el uno al otro, y es lo único que importa.
Zabdas sabe que tras el próximo recodo queda el final de la senda. Casi puede acariciar la libertad pero de repente, unas brillantes antorchas le ciegan. Por un momento confía en que sean amigos. Pero la esperanza no cabe en las alforjas con que hicieron este viaje. El cual termina casi antes de empezar. Porque delante de ellos, literalmente un muro de escudos romanos les impide el paso. Y tras las rocas del camino, surgen unos arqueros con barbas picudas. Los harapientos jefes árabes, criadores de ovejas y adoradores del fuego, han guiado a sus enemigos a través de terrenos del cuales nada sabían. No hay escapatoria posible. Atrapados entre la flecha árabe y el escudo romano.
Por el suelo, dispersos, están los cadáveres de sus aliados, masacrados por una abrumadora mayoría. Los romanos, son conocidos por la escasa clemencia con que tratan a sus prisioneros.
De púrpura y tras una fila de curtidos legionarios, el emperador en persona les contempla. Aureliano mismo, quería capturar a la reina Zenobia, como el ladrón codicioso, quiere robar la perla más grande de Oriente.
De repente el grupo de huida se ha convertido en una comitiva real, pero no hay lugar para el boato ni espacio para las conversaciones entre los emperadores. Puesto que no hay diálogo posible entre el conquistador y el vencido. La reina mira a su escaso acompañamiento, su expresión es triste pero serena, les trasmite lo que necesitan saber. No hay nada que hacer, todo termina aquí.
Pero Zabdas, último de una estirpe de guerreros, no lo puede permitir. Baja de su montura, se rasga las vestiduras y apuntando con un dedo a Aureliano, le reta a combate sagrado. No por la libertad sino para que, al menos, la Reina conserve su vida.
El gran domador sonríe con la suficiencia del que pisa el cuello a su enemigo y masculla una orden a sus perros. El general queda encerrado en un muro de escudos. Acto seguido, un hombre da un paso al frente. Arroja su equipo y desenvainando su gladius, mira a Zabdas como un cazador a su presa. El general le devuelve la mirada tal vez creas que has atrapado a un chacal pero es un tigre el que ha caído en tu trampa.
El legionario es duro como el hierro, está curtido en mil batallas y resulta ser mejor espadachín que Zabdas y además lo sabe. Pero lo que no sabe, es que el general no lucha por su vida, que ya da por perdida, sino por la de su amada. Así cuando el acero romano se hunde implacable en su carne, el adalid de Palmira, agarra la mano de su oponente y descarga un revés en el cuello del legionario. El reinado de Zenobia empezó como acabó; con una vida arrebatada por la mano de su general.
Zabdas, se toca la herida, nota el correr de la sangre y la vida que se le escapa. Sólo quiere contemplarla una última vez. Desorientado y arrastrando los pies, se dirige hacia el erizado muro de escudos que protege al emperador. Este sonríe visiblemente satisfecho por el valor del bárbaro que dando tumbos, cae al suelo a pocos metros de él. Zenobia haciendo a un lado a los legionarios que le cortan el paso, corre hasta su campeón y mirando directamente al emperador hinca una rodilla en el suelo, nunca se habría arrodillado ante su enemigo de otra manera.
Deposita la cabeza del hombre en su regazo. Nadie osa interrumpir su despedida. Se toman de la mano. La reina se mancha con la sangre de él; su soldado, su campeón, su amante… le acaricia la cara. El rostro de Zenobia es tan brillante como la luna entre las estrellas. Lo que último que este oye es su dulce voz
-Duerme ahora, mi amor. Duerme para siempre.-
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#10

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:48

Relato6

Un día más

La compañía atravesó al paso el rio Toltén en dirección norte. Sumida en brumas la larga llanura se extendía más allá de lo que podía cubrir la vista; y aún si estuviera el astro del día en lo más alto del cielo no lograrían los soldados vislumbrar si el camino que tenían ante ellos ofrecía alguna seguridad.
Dejaban atrás el último bastión que habían logrado defender en el sur, aquel tesoro de la arquitectura europea se hallaba ahora destruido para siempre por aquellos salvajes sin rostro que asolaban a los conquistadores desde hace diez años. El bastión, tan bello que había sido merecedor del nombre de aquel que lo había erigido, se había hundido entre las llamas que crepitaban en ambas laderas del río mientras las huestes escapaban de regreso al norte. Aún resonaban en los oídos de Valdivia los tambores, esos tambores eternos que rugían día y noche con el odio y la soberbia de un pueblo que no lo había dejado en paz desde que había pisado esa tierra infecta. Tierra sin asomo de riqueza por mucho que avanzaran hacia el sur y siguieran rastreando espacios sin conquistar.
La creencia, alimentada por el pueblo inca ya sometido y conquistado, de que una tierra de mayores riquezas y prosperidad se desarrollaba en el extremo más salvaje y remoto del continente había crecido en el corazón de los conquistadores por muchos años. Pero a cada paso que daban, la tortura eterna de sentirse en un infierno como nunca habían visto opacaba el ánimo y el espíritu de cada nuevo colono que llegaba a esas tierras.
- Almagro nunca osó llegar a estas latitudes, sólo alcanzó a cruzar el gran desierto siguiendo la ruta del río oeste. Ya habéis conquistado los valles centrales para dar paso a la larga travesía al sur. No podéis dejar de lado esta expedición. Han caído demasiados para rendirse en esta misión asignada por Dios. – Dijo José Pozo, el sacerdote que miraba preocupado al conquistador mayor mientras se apoyaba en sus papeles con un suspiro casi letárgico.
La preocupación era evidente. Aquellos indígenas salvajes que los perseguían y asolaban sin tregua habían incluso tenido el descaro de destruir la ciudad en honor a la santísima Virgen de la Concepción, cortando las comunicaciones entre los valles centrales y el extremo sur. Luego de quemar la iglesia principal, cortaron la cabeza de la estatua y bailaron alrededor de ella en ese ritual pagano llamado Guillatún, al compás de los cultrunes, aquellos tambores endemoniados e indestructibles; único símbolo de desarrollo cultural que había encontrado en ese pueblo.
Y eso es decir mucho, los relatos que los cronistas habían elaborado la década pasada narraban las travesías con lujo de detalle de Cortez y Pizarro triunfando en ciudades de oro contra soldados pertrechados con joyas preciosas que no habían visto ni en los más recónditos lugares de la lejana Cipango. ¿Cómo era posible? Tenochtitlán, capital del imperio Azteca había caído en una noche, ¡una noche!; durante la cual Cortez al mando de una sola tropa había destruido a todo el ejército de Moctezuma. Si bien, Valdivia sabía que la realidad era otra y que sólo la suerte permitió a los conquistadores pasar por dioses a los ojos de los aztecas, ese era un detalle que aquí no podía aprovechar. No habían jamás logrado comunicarse con este pueblo; su idioma extraño se deshacía en una verborrea ininteligible, por lo que no podían esperar simular ser dioses celestiales que venían a salvarlos de la ignorancia.
A pesar de que con los años habían ido sometiendo y esclavizando a la población nativa, por cada uno que ponían bajo sus órdenes parecía que había cien más dispuestos a resistir. Un pueblo que no tenía ningún avance arquitectónico ni organización social, poseía una férrea intolerancia a cualquier forma de relación humana, situación que no podían subsanar con nada que hicieran.
Aunque los años demostrarían que Pedro de Valdivia estaba equivocado y que los Mapuches, ese pueblo invencible del sur de Chile tenía varios niveles de organización social con una unidad básica denominada Lov en el cual la familia lograba desarrollarse al amparo de un lonco, sí tenía razón al creer que no poseían forma de autoridad alguna al momento de luchar, y que rápidamente cuando caía un jefe guerrero (que solía ser el más brutal de todos) al que seguían con gritos y palabras inarticuladas que formaban dos sílabas interpretables como “To” y “Ki”, se levantaba otro aún más brutal y sediento de sangre que el anterior. Y seguiría así por casi trescientos años más, durante los cuales la Guerra de Arauco sería siempre un problema insoluble para la corona española. A las eternas pérdidas económicas año a año, se sumaba el no poder asumir el control territorial del Estrecho de Magallanes, situación que repercutía en la disminución de los contingentes militares que año a año regaban con su sangre las tierras más bellas que sus ojos contemplaran en aquel nuevo continente; pero tan desprovistas de riquezas minerales que casi parecía absurdo que los indígenas las defendieran con tanto ahínco y esfuerzo. Parecía que todo el oro del mundo se había concentrado en las tierras que algún día llevarían el nombre de México y Perú, dejando el recuerdo del paso por el mundo de gloriosos imperios que imprimieron su huella en la historia por su gran desarrollo cultural y arquitectónico.
Muchos de aquellos que cayeron bajo el yugo y el azote español narraban con una mirada velada por el terror, un fatídico recuerdo de una expedición perdida, un pueblo brutal muchos kilómetros al sur, y el tesoro desconocido que ninguno de ellos había alcanzado a conocer, pero que intuían en la memoria colectiva, oculto en lo más profundo del extremo sur del continente.
Con esta creencia, los conquistadores habían dejado la selva de las latitudes medias de América y se habían lanzado a una aventura de la que jamás volverían. Después de cruzar un desierto más grande que aquellos observados en el norte de África; volvió al recuerdo de Valdivia el pueblo que moraba al otro lado de Gibraltar y que por años se había mantenido ocupando las añoradas tierras natales. Sólo en los relatos de su infancia podía retratar la crudeza y violencia que estos poseían; pero aquel fuego interior de los moros parecía un juego de niños comparado al infierno que había encontrado en el sur de América.
La bella Extremadura, lejos tanto en lo físico como en lo espiritual, subsistía aún en sus sueños más profundos: había querido construir a imagen de semejanza en estas nuevas regiones cada aspecto de la tierra que lo había visto nacer y crecer. Pero después de sufrir las mismas desdichas de Almagro, conquistador caído en desgracia, luego que Pizarro, a quien Valdivia había ayudado, finalmente se quedara con la gobernación de Nueva Castilla. Se había topado con aquel desierto interminable en las que el fantasma del conquistador derrotado aparecía ante sus ojos en cada partícula de polvo que levantaran sus botas
Diez años de incertidumbre, sin esperanzas de ver aquella gobernación funcionando de forma normal como todos sus compatriotas habían logrado en el norte. Crecía la desesperación en él, al avanzar un valle tras otro y no encontrar ningún asomo de riqueza mineral que pudiera justificar su expedición y su vida entera. Cualquier naturalista hubiera estado encantado con las perspectivas de investigación que ofrecían esas nuevas áreas naturales; como nunca había contemplado cielos estrellados en los cuales podría haberse adivinado el futuro de cualquier ser humano a la par que cada kilómetro que los acercaba al estrecho que unía los dos grandes océanos la diversidad y riqueza vegetal aumentaba.
Y ese pequeño oasis en el cielo había sido el presagio de lo peor: la primera vez había sido terrible, se dejaron caer como una horda de algún cuento de fantasías ya olvidado y destruyeron todo lo que tenían a su paso. No parecía que tuvieran un objetivo concreto, sólo destruir y comer aquello que cayera en sus manos. Habían intentado dialogar con ellos. Habían intentado ser pacíficos y violentos; pero nada parecía funcionar.
- Las balas de un arcabuz parece ser lo único que los mata, pero en el tiempo que tardáis en recargarlo, otros diez ya están encima de ti intentado comerte el corazón – Pedro de Valdivia sonaba sumamente preocupado, habían logrado llegar al fuerte de Tucapel después de algunas horas de cabalgata al ocaso y sus hombres estaban sumidos en el más absoluto silencio mientras montaban la guardia.
- Podemos seguir cabalgando al norte… - Antes que Pozo pudiera terminar la exposición de sus argumentos, Valdivia lo dejó para ir a mirar al exterior.
Apoyado en el alféizar de la ventana contempló el horizonte que se repetía día a día desde lo que parecía ser una eternidad. Una vida, ¿qué es lo que vale una vida?; ¿existirán memorias y crónicas para aquellos que intentaron forjar un mundo civilizado en tierras que nunca encontrarán la paz?
Las dudas interiores de Valdivia no carecían de fundamento. Si bien la riqueza jamás llegaría, era un orgullo dejar nombre de sí en aquellos bellos parajes erigiendo ciudades en honor de sus principales íconos católicos. Pero cada bloque de granito que había visto levantar con orgullo ardía con una fuerza inexpugnable al ser desgarrados por manos salvajes, que incluso arrancaban de cuajo los árboles sin esfuerzo.
- ...llegaríamos a Concepción mañana por la mañana, tendríamos tiempo para reagrupar tropas… - Valdivia lo interrumpió con brusquedad.
- ¿Para encontrar la cabeza de una virgen vernos volver sin poder vengarla? El cerro que domina esa ciudad parece una colonia de hormigas gigante; no podéis ser ciegos al hecho de que lo perdido, perdido está.
- Para Dios la salvación no es una causa perdida – Pozo intentó darle un nuevo punto de vista a sus argumentos. El respeto que infundía la religión en Valdivia muchas veces podía cambiar el curso de sus conversaciones y darle la ventaja al sacerdote. Sin embargo, en momentos así el obnubilado conquistador parecía tener razón; fueran donde fueran serían perseguidos.
Ambos se quedaron en silencio por un instante. La tierra vibrada de una forma extraña, y en el aire se oía un vago zumbar que subía por las paredes hasta la torre más alta de aquella fortaleza. El vigía apostado en el techo de la recámara en que estaban resguardados Valdivia y Pozo hizo sonar la campana que señalaba la alarma y desataba el pánico de cada corazón que veía aproximarse aquellos ojos surgidos del más profundo tártaro.
Avanzando en el más profundo silencio, arrastrándose y sedientos, se acercaba un pueblo al cual Valdivia nunca logró comprender, incluso de aquellos que logró encarcelar y torturar con los más indescriptibles horrores, no pudo arrancar una súplica ni un murmullo de dolor; convirtiéndose en ojos que lo amenazaban perpetuamente en sus pesadillas.
Observó cómo estos se movían hacia la torre principal; las pocas defensas que aún quedaban caían como moscas presas de una telaraña gigante, filas caóticas sin ninguna organización vencieron siempre a los disciplinados conquistadores que desplegaron todo su coraje y valentía en el último suspiro de sus vidas.
Valdivia cerró los ojos y recordó a su bella Inés. En sus últimos momentos vislumbró su sonrisa alumbrando el silencio al someter y decapitar a aquellas bestias en Santiago. Siempre se había mantenido férrea en su decisión de no unirse maritalmente con él; aquella fuerza salvaje había sido capaz de oponerse a sus pensamientos católicos, incluso, lo habían impulsado a aceptarlo aún temeroso de Dios. Se preguntó si era aquella una condición para enfrentar a aquellos salvajes con valentía y ser tan afortunado como para poder vencerlos. Quizás la respuesta no fuera aquella, pero había sido la razón para amarla hasta los últimos días de su vida, aun cuando ella hace tiempo había abandonado su amor.
- Tambores… siempre los malditos tambores... – Valdivia sonrió con desprecio y mantuvo los ojos cerrados. - No pasaría nada mientras siguiera así. Podría mantenerlos un poco más, sólo un poco más.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#11

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:49

Relato7


Calígula


—¿Cuántos? —El emperador se ajustó el cinturón de la toga.

—Parece ser que son muchos. —El comandante de la guardia pretoriana sabía que aquella respuesta no le iba a gustar.

—¿Cuántos? —repitió mirándolo a los ojos.

—No lo sabemos exactamente.

—¿He mandado tres de mis mejores centurias para esto? Casio Querea, prometiste resultados. —Su rictus se ensombreció airadamente. No obstante, tras unos inciertos segundos, se relajó—. Bueno, no importa, nuestras legiones están mejor preparadas que esos bárbaros. —Y aún falta que vuelva Mario con su informe —pensó para sí mismo, pese a que confiaba poco en aquel inútil.

Querea no dudaba en absoluto de esa afirmación. Las legiones XV y XXII habían sido especialmente reclutadas para la misión. De hecho, las legiones Primigenias, como fueron bautizadas por el emperador en honor a la diosa, sufrieron la formación más dura que un veterano como él podía recordar. Debían estar preparadas para iniciar la conquista de Britania, que se había convertido en una obsesión desde que Julio César lo intentará años antes. Augusto lo tuvo en sus manos en tres ocasiones: dos de ellas las abortó por las revueltas en Hispania, las cuales requirieron casi de la totalidad de las tropas en campaña; y en otra ocasión, Dumnovellauno y Tincomaro, reyes britanos, fueron personalmente a Roma a suplicarle clemencia a Augusto. Clemencia que pagaron con creces en forma de tributos.

—¿Están preparados los hombres? —Calígula estaba siendo ayudado por un esclavo a ajustarse la cota de malla. Él mismo se había obligado a ponérsela siempre que supervisaba a las tropas, para mostrar cierta empatía con sus hombres. Pese a que muchos no tenían aspiraciones republicanas y aún lo aclamaban, otros tantos empezaban a alzar la voz por la acuciante crisis económica que estaba asolando a la ciudad. Verdaderamente, no era un buen gestor, nunca lo había sido, y los asesores económicos que había contratado parecían ser incluso peores que él. Cuando se le presentó la ocasión de salir de Roma no lo dudó ni un instante, con tal de afrontar problemas más tangibles que la distribución del tesoro o la recaudación de impuestos.

—Están dispuestos y en formación. —Casio abrió la cortina de la tienda imperial para dejar paso a Calígula. Éste se ajustó bien la cota de malla, que había quedado descuadrada a la altura de las axilas. De buena gana se habría puesto la toga de nuevo, pues el hierro le causaba rozaduras en los sobacos y en las ingles; tendría que darse frotaciones del extraño ungüento de hierbas que preparaba el médico griego. El emperador cogió su espada y se la colgó del cinto, y el escudo se lo ajustó a la espalda. El peso de éste hizo que su escuálida espalda se combase un poco hacia atrás. Cuando logró erigirse, alzó el cuello para dignificar su porte, y salió al exterior.

Sus ojos no fueron capaces de abordar todo el campamento; era gigantesco. No era para menos, pues debía cobijar a más de trece mil soldados y a un millar de caballos. A su izquierda, los hombres de las dos legiones permanecían colocados en una formación homogénea. Fue observándolos, uno a uno, mientras comprobaba el estado de las armas, de los escudos o de las armaduras. A los pocos que conocía los llamaba por sus nombres, hecho que hacía refulgir un hondo orgullo en cada uno de ellos. A otros, los que se veían más apesadumbrados, les espetaba palabras de ánimo, con buenos resultados para su espíritu. Pese a la humedad y al frío, y al molesto peso que se abatía sobre sus hombros, Calígula sabía que su éxito estaba en manos de aquellos soldados, y debía arengarlos para tenerlos totalmente afines a la causa.

Cuando llevaba un buen rato pasando revista, un caballo atravesó el campamento. Su jinete era un legionario que iba semitumbado en la grupa del animal. Se detuvo junto a él, y cuando alzó el brazo para hacer el correspondiente saludo al César, brotó un líquido rojo y espeso de su axila derecha. El soldado no pudo evitar un gruñido de dolor y a regañadientes musitó:

—Ave Imperator. Soy un hombre de la XV legión…estaba a las órdenes de Mario. —Dicho lo cual volvió a dejar caer el brazo, no sin cierto alivio.

En la mente de Calígula sonaron todas las alarmas. <>, había dicho aquel hombre. Eso quería decir que el centurión había muerto o, peor aún, había sido hecho prisionero. Conociéndolo sabía que a poco que empezaran a torturarle les contaría todo lo que quisieran saber sobre su ejército y tácticas. Antes de que el jinete pudiera seguir hablando, Calígula comenzó a dar órdenes:

—Llama al médico y que lleven a este hombre a mi tienda —le dijo a Casio—. Que las legiones vuelvan a sus quehaceres diarios… y que doblen las guardias —añadió por fin.
Dicho lo cual se giró y volvió a su tienda acompañado de su guardia pretoriana.

Tres hombres ayudaron a bajar al herido del caballo. Poco después estaba en la tienda del emperador, tumbado en el suelo sobre unas pieles con el brazo estirado. Mientras, Arístides se esforzaba en limpiar la zona para extraerle una punta de flecha que se había quedado prisionera en el sobaco. Al parecer, el soldado se la había arrancado partiéndola, con lo que dejó dentro parte de ella; hecho que le podía causar una grave infección. Antes de que el médico pudiera comenzar a extirparla, Calígula comenzó a hablar:

—Espera Arístides, es de vital importancia la información que pueda darnos este hombre.

—Muy bien señor, iré mi tienda a preparar mis herramientas. —Las rodillas del anciano doctor crujieron cuando se levantó. Sabía de la confianza que le tenía el emperador pero, debido a su condición de extranjero, en asuntos de guerra era mejor que no estuviera presente.

Cuando salió, el emperador interrogó al soldado. Se llamaba Publio. Según les contó, su expedición estaba atravesando un camino embarrado cuando, cubiertos por la baja e intensa niebla, un grupo de britanos, procedentes de árboles y rocas cercanas, se les echó encima.

—No los vimos, César; no los escuchamos. Solo fuimos conscientes de su presencia cuando… —se le quebró la voz, como si fuera a echarse a llorar—…fue demasiado tarde. Los alaridos de nuestros hombres se mezclaban con los gritos sobrehumanos de esos bárbaros. Yo traté de luchar, pero caí al suelo cuando la flecha me alcanzó y me tiró del caballo.
—El simple recuerdo del ataque hizo que a Publio le palpitase dolorosamente la herida—. Después todo está difuso en mi mente. El centurión me ayudó a subir al caballo y me dijo que viniese al campamento a dar la voz de alarma.

La poca estima que Calígula tenía por Mario creció desmesuradamente en ese momento. Sin duda, el centurión sabía que Publio no podría seguir luchando, por lo que prefirió prescindir de él. Eso solo podía significar que iban a luchar hasta la muerte, puesto que no quiso prescindir de los hombres sanos.

—Muy bien soldado, serás recompensado por esto. Que alguien llame a Arístides para que termine su trabajo. —Dicho lo cual se giró para hablar con sus guardias sobre la táctica a seguir en la invasión, pero antes de que pudiera hacerlo Publio volvió a hablar.

—Antes de irme, Mario me dio un mensaje, solo para el emperador y para Casio Querea.

Los dos hombres mencionados se miraron a los ojos. Intrigados, avanzaron hacia el triarii y, en un gesto poco protocolario, se agacharon junto a él. Una sola palabra hizo estremecerse a ambos: Teutoburgo.

Casio Querea, el que fuera nombrado hombre más valiente de Roma, no pudo evitar que un grito ahogado saliera de su boca. Calígula tenía los ojos desencajados y la mandíbula abierta de par en par. El nombre de Varo surcó la mente de los dos, el hombre que perdió tres legiones en Germania. <<¿Dónde están mis legiones, Varo?>>, recordaba el emperador gritar a Augusto, el Dios, el día que le dieron la noticia. El gobernador cayó en desgracia en todo el imperio; su nombre estaría siempre ligado a ineptitud, humillación y derrota. Para el actual comandante de la guardia pretoriana recordarlo fue a un peor. Él estaba allí, como centurión, en el bosque Teutoburgo. Vio morir a muchísimos compañeros a manos de unos gigantescos hombres cubiertos por pieles y por sangre, que se asemejaban más a bestias infernales que a seres humanos. En medio del terror, Casio Querea logró reunir a un numeroso grupo de legionarios y refugiarse en un campamento romano a orillas del Rin. En ese lugar tomó el mando e hizo retroceder a las huestes germanas. Eso le valió muchas condecoraciones y un ascenso meteórico en su carrera, pero lo que no pudo evitar fueron las pesadillas sobre aquella carnicería que lo asediaban noche tras noche.

—¡Todos fuera! ¡Todos! —gritó Calígula mientras se levantaba. —Enseguida un par de hombres ayudaron a salir al herido pese a sus dolorosas quejas.

—Tú no, Casio, tenemos que hablar.

Una vez estuvieron solos, Calígula puso las manos sobre los hombros del comandante, en un gesto que sorprendió a éste por su inusitada familiaridad.

—¿Qué vamos a hacer? No puedo perder esta guerra. Roma tiene hambre, y yo prometí que traería prosperidad y riquezas con la conquista de Britania. —Soltó al otro hombre y se dio la vuelta—. No quiero ser recordado como Varo.

—Emperador, si los bárbaros luchan del mismo modo que los germanos, estamos perdidos. Tienen un clima parecido, y con la niebla y los bosques oscuros nos pueden tender una emboscada como la de Teutoburgo.

—¿Por qué no se me informó antes de todo esto?

—Porque nuestros informes decían lo contrario de su forma de actuar. Tienen reyes, tendrían que luchar como soldados en campo abierto, no como animales agazapados esperando a su sorprendida presa. No tienen honor.

—Honor…eso es todo lo que pido. No quiero que se me recuerde como un fracasado.
Ambos callaron durante unos minutos. Buscaban soluciones. Varo perdió tres legiones contra los germanos, ellos solo contaban con dos, y encima tenían todo un mar de por medio para volver a Roma. Querea habló:

—Augusto es un dios —dijo hablando más para sí mismo que para su interlocutor.

—Eso es una obviedad —refunfuñó Calígula.

—¿Y no es verdad que la gente aclamaba al Dios Calígula no hace mucho tiempo?

Y era cierto. En su primer año de mandato, Calígula se quiso ganar a la plebe tras los terribles últimos años del gobierno de Tiberio. Rebajó los impuestos, expulsó a los delincuentes sexuales, aumentó la paga del ejército y organizó numerosos juegos para el pueblo. Tal despilfarro arruinaría las arcas del Imperio, pero en esa época fue aclamado como un dios en la tierra.

Asintió a las palabras del comandante, el cual continuó hablando:

—¿No es cierto que decían que era la mayor deidad que había tenido Roma nunca?

—¿Adónde quieres llegar Casio? —preguntó impaciente.

—El dios más grande debería exigir obediencia a los otros dioses o, al menos, ciertas facilidades.

—Maldita sea…¿de qué estás hablando? —A Calígula le molestaba especialmente aquella especie de juego que estaba llevando a cabo el comandante.

—¿No recuerda nuestro viaje en barco? ¿No recuerda la virulencia de las olas contra los cascos de las embarcaciones? Neptuno debe pagar por su insolencia. —Y entonces Casio Querea le explicó su plan a un estupefacto emperador.

Días después las legiones XV y XXII, las Primigenias, estaban apostadas a lo largo del Canal de la Mancha. Los hombres se encontraban metidos en el mar, con el agua hasta las rodillas, cuando recibieron la orden de atacar a Neptuno. Calígula, con su toga imperial y con una corona de laurel les espoleaba montado en Incitatus, mientras los hombres golpeaban las olas con sus espadas. Cuando aquel esperpéntico espectáculo terminó, mandó a sus soldados a que recogieran todas las conchas de la playa como tributo obligado de Neptuno. Después prepararon el viaje de vuelta a Roma. El Dios Calígula había vencido.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#12

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:51

Relato8

Sombras


—Dicen que nació con las manos descarnadas, con dedos demasiado largos como para que la precaria piel de un bebé llegara a cubrirlos.

París bullía de actividad, rumores y confidencias desde la reciente llegada a la ciudad del famoso violinista, Niccolò Paganini. Corría el mes de mayo de 1831, y el italiano llevaba en París menos de una semana, tiempo más que suficiente para que el entramado humano que lo seguía por su gira europea colapsara hoteles, rebosara bares y llenara las calles de habladurías, mercaderes y prostitutas.

—¿Es cierto que adora al diablo? —la pregunta iba dirigida al confidente estrella que tenía la taberna esa noche: un peletero vienés, que aseguraba haber seguido al Maestro de ciudad en ciudad durante el último año.

—Eso son habladurías, hijo. — Los negros ojos del hombre relucieron, anticipando la revelación—. Lo cierto es que hizo un pacto con el Maligno en su juventud. Fue durante la noche que pasó en prisión, dicen que por matar a una muchacha.

—¿Y por qué mataría Paganini a una chica?

—Por amor —respondió el hombre—. ¿Por qué, si no?

La noche siguió en la ruidosa taberna, y según se sucedían las horas más increíbles eran los hechos que se atribuían al violinista. Tras asegurarles que gracias a su experiencia en el curtido de la piel, podía afirmar que las cuerdas del violín de Paganini estaban hechas de intestinos humanos, el esbelto peletero anunció su retirada. Fueron varios los parroquianos que salieron a despedirle entre risas y aunque estaban notablemente ebrios, no pudieron dejar de advertir que el maldito peletero había llevado puestos durante toda la noche unos caros guantes de seda negra.

*.*.*


El público del teatro des Italiens empezaba a impacientarse. Marco Bazzini observaba nervioso como al negro y deshilachado abrigo que llevaba su representado, el genio Paganini, lo acompañaban unas no menos negras ojeras.

—No me diga que volvió a salir anoche.

—No se lo diré, entonces.

Paganini respondió mientras se quitaba sus guantes de seda, descubriendo unas manos blancas y delicadas, de falanges largas hasta lo inconcebible. Varios críticos habían comentado que verlas en movimiento durante las interpretaciones, abarcando octavas y hurgando hasta el traste más recóndito del violín, era presenciar un abuso: la violación de un objeto sobre otro.

—Si le sirve de consuelo —prosiguió Paganini—, no me reconocieron.

—Simplemente no entiendo qué necesidad tiene de difundir esos rumores —dijo Marco, su tono mostraba más cansancio que indignación—. La gente ya habla lo suficiente y, francamente, creo que todo ese asunto del diablo está empezando a resultar siniestro.

—Alcánceme el violín, Marco.

Paganini estaba listo. Vestido con unos pantalones negros impolutos y su abrigo raído de amplio vuelo. El pelo liso y negro caía desordenado sobre su frente y hombros. Alto, delgado, de largas extremidades y ligeramente encorvado hacia delante, como si tratara de escuchar una melodía casi inaudible reproducida perpetuamente ante él. Decían que no tenía el aspecto de un genio, ¿pero cuántos habían visto uno semejante con el que compararle?

La flor y nata de París, Francia y buena parte del extranjero, esperaba en la semioscuridad del teatro. La decadente nobleza lindaba con la incipiente burguesía, todos querían ver y escuchar al italiano. Varios músicos de fama reconocida se camuflaban entre la murmurante multitud. Ahí estaba al joven Liszt, que aún dudaba si entregarse definitivamente al piano o a componer óperas; más atrás se sentaba Chopin, quien ya había visto a Paganini en Varsovia y quedó tan impresionado que salió temblando del teatro; uno de los palcos había sido reservado por Hummel, el compositor austriaco, enfermo y deprimido desde la muerte de su buen amigo Schubert, enviaba a varios de sus alumnos para que tomaran notas.

Cuando Paganini salió al escenario, el clima de expectación y silencio casi religioso cobró completo significado. Su abrigo raído fue para muchos una negra sotana. La oleosa iluminación de las velas se convirtió en una huracán cuando Marco prendió la gran hoguera situada al fondo del escenario. Ahora la figura de Paganini proyectaba agitadas sombras sobre el público, su silueta oscura lamía los asientos y a sus ocupantes, abalanzándose frenéticamente en todas direcciones. Situado estático delante de las llamas, Paganini se irguió, alzó su instrumento al cuello y tomó aire. Entonces comenzó a tocar.

*.*.*


La multitud salía del teatro des Italiens como quien sale de una catedral. En la calle sus sombras eran petrificadas por las lámparas de gas. Una pareja mandó a casa a su cochero, querían regresar caminando. Se hablaba poco y en susurros, nadie parecía percatarse de que esto último era ya innecesario. Comprendían todos -la mayoría de forma intuitiva- que lo que acababan de presenciar no era algo proclive a ser comentado o discutido. La música es un lenguaje que no apela a la razón, y así temían que al intentar poner palabras a las sensaciones que acababan de sentir se rompiera ese embrujo arcano y poderoso. Ninguno de los que caminaba en silencio tenía dudas al respecto, algunos compadecieron a los críticos profesionales que tuvieran que verbalizar a algo tan bello, poderoso e inaprensible.

Paganini y Marco Bazzini salieron del teatro pasada la medianoche. Un discreto carruaje les esperaba en la puerta trasera, cargaron los instrumentos y el equipo en la caja y montaron al vehículo. El cochero arreó a los caballos.

—Una noche magnífica, ¿verdad? —rompió Marco el silencio—.

—Dígame, Marco, ¿lo vio usted también? —La expresión de Paganini era meditabunda—.

—¿Se refiere al Conde de Bourmont? Sí, tenía un palco de los más caros, justo entr...

—No. Hablo del niño. Un muchacho de pelo negro que estaba en primera fila —interrumpió Paganini—.

—¿Un niño en la primera fila? No me he fijado, aunque también debe pertenecer a una buena familia si se puede permitir esos asientos.

—No es la primera vez que lo veo.

—O sea, que además es público fiel.

—Algo así.

—Pues si vamos a atraer escolares tal vez deberíamos plantearnos un cambio en la escenografía, ¿no cree?

—¿Qué sugiere? —preguntó Paganini, esbozando una sonrisa.

—Algo acorde a lo que apuntan las críticas —y comenzó a recitar de memoria—, "el italiano despliega su sensibilidad celestial durante un siniestro espectáculo de llamas, luces y sombras que evoca al mismísimo infierno".

Marco nunca perdía una oportunidad para recordar a su representado críticas desfavorables, aun a sabiendas de que eran pocas e injustas.

—¿Qué le parecería llenar el escenario de ángeles, lirios y pastorcitos? —dijo Marco.

—¡Estupenda idea! Aunque creo que los ángeles solo tocan el arpa. No sería muy apropiado.

—¿Y Lucifer es un maestro del violín, mi querido Paganini?

—Oh, puede usted estar seguro de que así es.

Ambos rieron mientras el carruaje seguía su recorrido en la silenciosa noche parisina.

*.*.*


Paganini lo volvió a ver cuando rasgaba con su arco la última nota del concierto. El mismo niño, de nuevo en primera fila, ahora en el teatro de la Ópera de París. Para cuando la cuerda terminó de vibrar lo había perdido de vista.

Tras la ruidosa ovación, Paganini se retiró a su camerino. Le dijo a Marco que quería estar solo. Cerró la puerta de la habitación tras de sí y, apoyándose en ésta, cerró los ojos y respiró profundamente. Podía escuchar el sonido amortiguado del público saliendo del teatro. Miles de personas habían acudido a su concierto, pero él solo retenía la imagen del niño de cabellos negros y media sonrisa.

Cuando volvió a abrir los ojos reparó en algo extraño. Sobre la funda vacía de su Guarneri había una nota de papel. Escrita con letra pulcra y de trazo fino estaba la siguiente frase: "Cementerio de Montparnasse, a medianoche. Traiga su violín".

*.*.*


Era una noche fría para el mes de mayo. Pese a que habían pasado varias horas desde el crepúsculo, tonos rojizos parecían haberse perpetuado en el horizonte oeste de la ciudad, donde los agricultores de las afueras habían comenzado la quema anual. Esto, junto a la enorme Luna llena, cuya silueta difuminada tras espesos mantos de nubes se filtraba de forma desigual y caprichosa, daba al cielo parisino el aspecto de un cuadro impresionista.

Era este cielo el que observaba Paganini mientras caminaba apresuradamente entre las tumbas del cementerio de Montparnasse, dirigiéndose hacia el centro del mismo, donde una cruz monumental parecía marcar el lugar del encuentro. No sería necesario esperar. Ya desde la distancia reconoció Paganini la figura infantil que, sentada sobre una lápida, aguardaba a los pies de la cruz: era el niño del teatro, su fiel seguidor.

—¡Tú! —exclamó el músico sin dejar de aproximarse.

El niño levantó su mirada, que hasta esos instantes había estado concentrada en el objeto que sostenía entre sus brazos: un precioso violín de madera oscura.

—Me alegra que prescindas del trato cordial, querido Niccolò. —Mientras contestaba, el niño siguió jugueteando distraídamente con el instrumento—. Ha pasado mucho tiempo.

—No para ti, por lo que veo. Sigues disfrazándote de una criatura.

—Me siento cómodo así, me ayuda a pasar desapercibido. —El niño esbozó una sonrisa que Paganini encontró siniestra, ajena a la cara de una criatura—. Cosa difícil, últimamente. Parece que has estado hablando de mí, casi diría que tratabas de invocarme.

—Así es, desde aquella maldita noche. ¡Ya debes saber que he mejorado!

—Oh, he visto cómo has mejorado. Ya queda poco de ese intérprete mediocre con más talento que oficio. Pero creo que sigue siendo insuficiente.

—Eso lo comprobaremos.

—Por supuesto —dijo el niño mientras se ponía en pie—. Jugaremos con las mismas reglas, supongo que recuerdas los términos de nuestro primer duelo bajo las estrellas.

Paganini recordaba aquella noche como si fuera una pesadilla de la que acababa de despertar. Recordaba al joven disoluto y borracho que era por aquel entonces. Recordaba su furia ciega, etílica y estridente. Y aún veía sus manos rodeando el frágil cuello de su querida Leonor, tan blando y cálido, tan diferente al frío tacto del violín. Y veía el pánico mudo en los ojos de Leonor, su bella cara congestionándose según apretaba y apretaba; ajena a todo excepto al acto de apretar, su mente embotada de rabia. Y aún oía su propio grito de horror al comprender lo que había hecho, y recordaba su intento desesperado por reanimarla, fútil como las lágrimas que derramaba. Y, finalmente, recordaba como clamó a Dios y al Diablo para que la trajeran de vuelta; y recordaba que solo uno de ellos contestó.

—Estoy listo, Mefistófeles.

—Cuando quieras. Las almas en pena esperan impacientes. Veamos quién logra conmoverlas.

Paganini tomó aire, se reclinó sobre una lápida cubierta de musgo y, cerrando los ojos, comenzó a tocar.

*.*.*


Un mes más tarde, en un pub de Londres.

—¿Es verdad que Paganini vendió su alma al diablo para conseguir su talento?

—Eso es absurdo, muchacho. —Meditó un momento, observando ensimismado sus manos enguantadas—. El alma no es ajena a uno mismo. No es algo de lo que te puedas desprender o vender. Paganini ha entregado su alma al diablo del único modo posible: dedicándole al Maligno su entera existencia.

*.*.*


Niza, siete años después.

—Se dice que hace ya muchos años que mantiene un duelo con Lucifer. Y que si no le vence en vida, descenderá a la morada del ángel caído y dormirá junto a su puerta y seguirá practicando entre las llamas, sumergido en el asfixiante humo, hasta que consiga finalmente derrotarle.

*.*.*


Paganini murió el 27 de mayo de 1840, a la edad de cincuenta y siete años. El obispo de Génova, su ciudad natal, le negó santa sepultura alegando que el violinista había refutado recibir la extremaunción, avivando así los rumores que lo relacionaban con el diablo. Sus restos mortales quedaron embalsamados, esperando en el oscuro sótano de su familia durante varias décadas. No fue hasta la primavera de 1876 cuando la Iglesia Católica permitió que recibiera funeral cristiano en Parma, ciudad en la que Paganini descansa, al fin, para la eternidad.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#13

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:52

Relato9

El recluso de New Hampshire

En aquella primera mañana de 1953, estando todo dispuesto para la mudanza, Jerome se aprestó para un último paseo por Central Park. Pese a que la ciudad y gran parte de su gente le dejaban los nervios muy alterados, le atrajo la idea de una última visita al parque, tan cambiado de cómo lo recordaba en su infancia. Al pasar por el Castillo Belvedere, mientras consideraba volver y emprender cuanto antes el viaje a Cornish, vio a Lily cogida de la mano de su madre, paseando a Loki, su perro. En verle, la niña se soltó, y empezó a correr hacia él.

—¡Jerome! ¡Jerome! ¡Feliz Año Nuevo, Jerome! —le dijo la niña con alborozo. El abrigo que llevaba era demasiado grande, y el gorro le cubría casi toda la cabeza. Aun así, él encontró a la niña guapísima, como siempre.
—Hola, Lily, feliz Día de Año Nuevo. Señora Dunn, buenos días.
—Buenos días, señor Salinger. Feliz Año —dijo la madre de Lily al acercarse a ambos.

Mientras caminaban, en dirección al banco en el que Jerome ejercía de cuentacuentos ocasional para Lily, los dos adultos hablaban de cosas intrascendentes, educada y cortésmente, del modo en que lo hacen los adultos. Loki iba y venía, buscando y huyendo a la vez de Lily, que le tiraba de la cola con júbilo. El perro, a veces, también cercaba a Jerome, y pasaba entre las piernas de la señora Dunn, jugando. Si bien no le gustaba ser tan trivial, a Jerome le agradaban aquellas situaciones, así como también le agradaban la señora Dunn y su hija. La señora Dunn era una mujer tranquila, no tuvo que aguantar jamás ni un solo aspaviento por su parte. Pese a todas las reacciones airadas e incluso enajenadas que había despertado su obra, publicada casi un par de años antes, tan admirada como odiada, y que incluso habría de servir como argumento a Mark David Chapman para cometer un asesinato, muchos años después. Entre muchas otras lisonjas, demencias y delirios.

Por todo ello, agradecía sobremanera que la señora Dunn no le provocara el agudo dolor de cabeza que le provocaban otros. En ciertas ocasiones Jerome se preguntaba si aquella mujer, y las personas que no lo acechaban continuamente, sabían quién era él y cuál era su libro. A menudo no quería saber la respuesta.

—Señor Salinger, ya sabe que me gusta la forma en que la que usted le cuenta todos esos cuentos e historias a Lily —dijo la señora Dunn al llegar al banco.
—Y espero que usted sepa que a mí me gusta explicárselos.
—Sí, y a ella le encantan, de verdad —dijo la madre de Lily—. Pero, por favor… —Un escalofrío recorrió a Jerome, enturbiando su ánimo, al pensar que, en cierto modo, la señora Dunn no dejaba de ser otra de tantos, y que ahora le dirigiría alguna clase de reprimenda o alegato moral—. Tenga cuidado con alguna de esas historias. La última vez, con los peces plátano, Lily se puso muy triste, y estuvo varios días explicándonos lo que les pasa cuando comían después de pasar por cierto agujero. O algo así, la verdad es que no lo llegué a entender del todo.

Una ola de alivio recorrió a Jerome cuando la señora Dunn se explicó. Pocos meses antes de la publicación de «Nueve cuentos», de vez en cuando explicaba alguna de esas historias a Lily.

—Entendido, señora Dunn, descuide —respondió Jerome—. Bien. Hoy no te hablaré de «El hombre que ríe», o de Ala Negra, o de los peces plátano, Lily. Hoy te voy a contar la historia de «El recluso de Nueva York». Un escritor. ¿Te parece bien? —le preguntó Jerome a la niña, mientras la señora Dunn se alejaba unos pocos metros con Loki y les sonreía a ambos.
—¿No aparecen los peces plátano? ¿Ni Ala Negra? —preguntó Lily.
—No. Esta es la historia, como te decía, de un escritor. Un escritor normal y corriente. Bueno, más o menos.
—¡A mí me gusta más Ala Negra! —insistió Lily.
—Bueno, déjame explicarte la historia. Dejemos a Ala Negra para otro día. ¿Qué te parece?

La niña se encogió de hombros, cediendo al fin.

—Este escritor vivía en una mansión, en Nueva York. Tenía una posición más o menos cómoda, y podía permitirse escribir durante todo el día. Además, en su adolescencia, pudo viajar a Europa, por Francia y Alemania, aprendiendo idiomas, leyendo libros, escuchando cuentos…
—¿Hablas alemán, Jerome? ¿Es difícil aprender alemán, Jerome?
—Bueno, todo es estudiar un poco y aplicarse, Lily. ¿Me dejas seguir con la historia, o quieres que lo dejemos?
—Sigue, Jerome, sigue.
—Un día, el escritor publicó un libro que causó un gran revuelo. En cierto modo, podríamos decir que alcanzó el éxito.
—¿Y podía comprarse todo lo que quería?
—Sí. Más o menos. Podía ir adónde quisiese. Ir a todos los clubes de Nueva York, podía ir a los centros comerciales, podía ir a Jones Beach. Pero eso no dejó de hacerle infeliz. La gente empezó a llamarle, a no dejarle en paz. Cuando escribía algo, los editores querían que cambiara esto y aquello. Nueva York y su gente lo recluían. Por eso era «El recluso de Nueva York». Todos ellos querían saber el porqué de todo. Los razones que le habían llevado a escribir aquel libro. Invadieron su vida. Querían tomar posesión de todo. Así que, pese a todo el dinero, y lo que hablaban de él, eso no le hizo feliz.
—¡Seguro que a mí no me pasaría eso!
—¿Estás segura, Lily? Lo cierto es que dejó de comprar en Saks Fifth Avenue, y en Lils & Taylor. Dejó de ir al Stork Club. Comprendió que eso no lo hacía feliz. La mansión no lo hacía feliz. No tenía un hogar. Ni siquiera al ir a la casa que un amigo le prestó. Comprendió que su hogar, si es que lo tenía, era cualquier lugar en el que pudiese ubicar su máquina de escribir. Y escribir. Escribir era su auténtico hogar. Cuando comprendió eso pudo ser, al fin, feliz. Al ser anónimo, al resguardarse en la oscuridad, al no estar a la vista de todo el mundo. Simplemente, desapareció, y pudo disfrutar de la segunda propiedad más importante que le es concedida a un escritor auténtico y honesto. Justamente, ser anónimo y poder escribir. Algunos dicen que, de vez en cuando, ahí delante, en el Castillo Belvedere, suenan las teclas de una máquina de escribir. Personalmente, cuando oigo las teclas de una máquina de escribir de un buen escritor, sé que estoy cerca de alguien que intenta ser feliz.

Jerome dejó de hablar. Durante unos pocos instantes, niña y adulto permanecieron en silencio.

—¿Es tan difícil encontrar un lugar en el que ser feliz? —preguntó Lily.
—Más de lo que parece. También menos.
—No te entiendo. ¿Yo podría tener una máquina de escribir como la de «El recluso de Nueva York»? ¿Me haría feliz para siempre?
—La verdad es que no lo sé, Lily. Aunque, en mi caso... ¿sabes qué llevé conmigo cuando fui a la guerra en Europa?
—¿Una máquina de escribir? —aventuró la niña.
—¿Cómo lo has sabido? —Jerome fingió sorprenderse. En cualquier momento la señora Dunn recogería a Lily y se irían, y no quería seguir hablando de todo aquello que le empujaba a New Hampshire—. De todas formas, no te preocupes, Lily. Los mayores a veces nos comportamos de forma estúpida —continuó Jerome. Al oír la palabra “estúpida”, Lily formó una O grande con sus labios, y acercó ambas manos a su boca—. Los niños tienen otras preocupaciones. ¡Mucho más importantes!
—¿Sí? —preguntó con inocencia Lily, olvidando aquella palabra con la que había castigado a Loki un día y por lo que su madre la había dejado sin postre.
—Por ejemplo, dentro de una hora te olvidarás de «El recluso de Nueva York». Llegarás a tu casa, y lo que más te apetecerá será hacer una buena bola de nieve, una de las grandes, y lanzársela a tu padre.
—Sería divertido —dijo la niña al pensar en ello, con una sonrisa llena de picardía en sus labios.
—Vaya si sería divertido… Es más, ¿sabes? En cierto modo, me gustaría cambiarme por ti. Que tú fueras como yo, y yo fuera como tú. Así, podría pasear a Loki, y jugar con él. Y lanzarle bolas de nieve a papá y mamá.
—¡Oh, no! ¡Yo no querría ese cambio! ¡Eres tan feo! —Jerome fingió un mohín, lo que no pasó inadvertido—. Si quieres, le puedo pedir a mamá que te deje pasear con Loki algún día.

La madre de Lily, unos pasos detrás del perro, se acercaba al banco en el que estaban sentados, dispuesta a emprender la vuelta a casa. De pronto, Lily le sorprendió una vez más.

—¿Puedo darte un beso, Jerome? —y esta vez fue ella la que, sin esperar respuesta, le plantó un beso húmedo, de niño pequeño, en la mejilla izquierda.

Incorporándose, Lily sonrió tímidamente a Jerome una última vez, bajando la mirada a sus pies. Le dio la espalda, y se alejó en dirección a su madre. Empezó a hacer equilibrios sobre una cuerda imaginaria entre el banco y su madre, dejando sus huellas en la nieve mientras arrastraba, poco a poco, los pies. Jerome recordó, en ese preciso instante, que no siempre es necesario hablar de algo o de alguien para echarlo de menos. Tras unos pocos pasos, cansada del alambre imaginario, sin darse la vuelta, la niña corrió en dirección a su madre.

Al día siguiente, Lily volvió al mismo lugar, y al siguiente, también. De vez en cuando, durante esos días, al pasar por delante del Castillo Belvedere la niña creía escuchar el ruido de una máquina de escribir. Pasaron pocas semanas antes de que olvidara por completo a Jerome.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#14

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:54

Relato10

LOS ULTIMOS DIAS DE EDGAR

El 7 de octubre de 1849, a las tres de la madrugada, en un hospital de Baltimore, murió el escritor Edgar Allan Poe. Sus últimas palabras están registradas, pero nadie sabe lo que ocurrió durante los últimos días de su vida.



El 29 de septiembre atracó el barco en Baltimore. Edgar caminó, despacio y sin la menor determinación, en dirección a la estación de trenes, donde debía tomar su transporte hasta Filadelfia. Allí le esperaba Rufus Gridwold con la promesa de editar sus obras completas. Para Poe, que había fijado la fecha de su boda al cabo de un mes, suponía la esperanza, la estabilidad y la paz que jamás había disfrutado. Podría brindarle a su segunda esposa y a su tía Muddie un futuro, un plato de comida siempre lleno y un vaso de licor siempre vacío.

Era un día áspero. La niebla hablaba del otoño que estaba por llegar. Faltaban horas hasta que partiera el tren, y Edgar decidió calentarse los huesos con una copa. No tardó en encontrar el más miserable y sucio de los tugurios del puerto. Allí nadie le miraría con reprobación, ni le adularía, ni le pediría que recitara algún maldito poema. Entre los desamparados y los borrachos, Poe sabía que no tenía nada que perder. Tenía mucho en común con ellos, como tanto se esforzaban en recordarle. «Mr. Poe no valoraba las leyes de Dios ni las humanas», dijo de él Mary Devereaux, su primer amor prohibido. Ni el mundo de los hombres ni el cielo tenían nada que ofrecerle, y él contemplaba ambos con desprecio, desde fuera, como un cuervo posado en el dintel de una puerta. Recordó así el busto de Palas que adornaba la casa en las afueras de la capital, donde había pasado algunos de los pocos y más sinceros momentos de paz, cuando veraneaba junto a Virginia Clemm.

Se sentó en una mesa apartada, buscando las sombras y el anonimato en un rincón. La primera copa calentó su cuerpo. La segunda intentó enfriar su alma atormentada. Virginia había sido su único amor correspondido, arrebatada de sus manos temblorosas por la tuberculosis hacía más de un año. Quizá hacía una eternidad.

«Virginia. Dios mío, dentro de un mes volveré a casarme. ¿Tan pronto he conseguido olvidarte?» Pero no era así. Jamás podría olvidarla, y todos sus amigos y familiares lo sabían. La suya era una vida de mentiras y verdades a medias.

Su visión empezó a nublarse, por el efecto del alcohol y porque la luz del día había desaparecido. Apenas un par de velas iluminaban el local. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentado? Tenía que tomar un tren, y llegar a Filadelfia, y reunirse con el perro pomposo y envidioso que era Gridwold, y conseguir que publicaran de nuevo su obra, y así obtener dinero, y que su nueva esposa viviera en paz.

Pero su mujer, la auténtica, la que le había destrozado el corazón, había muerto. No se puede engañar a la máscara de la muerte roja.

Intentó levantarse, y no pudo. Estaba intentando llamar al camarero para pedirle más licor, cuando vio que alguien se acercaba hacia él. Era una mujer menuda y frágil, casi infantil. Le sonrió con ojos grandes y sinceros.

—Virginia —dijo él con voz queda, sin pestañear, sin un atisbo de duda o miedo en su voz—, eres tú.

—Así me llamabas, mi amor —dijo la aparición.

—No, querida —respondió Edgar—. Así te llamaron los ángeles.

La mujer se sentó a su lado, flotando entre las sillas vacías, sin ensuciarse con la grasa y el vino del suelo. No parecía la mujer enferma que tosió sangre por primera vez, varios años atrás, mientras tocaba el arpa para Eddie y sus amigos. Tenía la piel blanca, casi transparente, y la mirada de la niña que se casó con él mientras se escondía de la mitad de su familia, que desaprobaba la relación, cuando contaba tan sólo con trece años.

—¿Has venido a buscarme? —preguntó el escritor—. No me importa acompañarte, ahora, en este momento y para siempre.

—No puedes venir conmigo, amor —respondió ella—, porque yo estoy fuera de tu alcance. Mi alma y tu alma no pertenecen al mismo Dios.

—Jamás vendí mi alma ni hice trato alguno con el Diablo. ¿Cómo habría de vender aquello que no me pertenece? Si así hubiera sido, negocié un mal trato. Mi éxito literario no me ha traído la felicidad, ni la paz, ni la riqueza, ni siquiera el amor. Me fuiste arrebatada demasiado pronto.

—Tuviste éxito. Las gentes más instruidas y los críticos quedaban maravillados cuando recitabas tus poemas. Annabel Lee arrancaba lágrimas a las mujeres y oprimía el corazón de los hombres.

—¿Cómo podría no hacerlo? Era nuestra historia… Pero insisto, querida, en que mi talento, que jamás he negado, y mi éxito, que siempre negaré, son obra mía. No he pagado más precio que el de entregar mi vida a la poesía y a la literatura. Mi vida, no mi alma.

—¿No lo comprendes, amor? —susurró Virginia—. Tu alma inmortal llegará al cielo, pero la mía jamás podrá subir tan alto. Quise vivir junto al hombre al que amaba, y lo conseguí. Pague el precio. Volvería a pagarlo una y otra vez, porque cada día que viví a tu lado mereció una eternidad lejos de ti. Fui yo quien hizo un pacto con quien no debía para poder vivir contigo.

El escritor se puso en pie, tambaleándose, cogió su capa y la echó sobre sus hombros.

—Vamos, entonces —dijo con voz firme —. Negociaré por tu alma con el Diablo. Llévame hasta él.

—¡No puedo permitírtelo! He venido a despedirme de ti, no a ver cómo te condenas por mi culpa.

Edgar hizo un gesto hacia su amada, como si quisiera sujetarla con suavidad por sus hombros menudos. Mantuvo sus manos en alto, abrazando el espíritu de la mujer.

—Sabes cómo soy, querida. No vas a convencerme ni voy a permanecer quieto mientras alguien intenta separarnos. Compré una fusta y di de latigazos al tío de Mary cuando se quiso interponer entre nosotros, antes de conocerte, cuando era poco más que un niño. Muddie te habrá contado esa historia cientos de veces. Que me sienta desdichado no significa que no luche por aquellos a quienes amo, y a quienes respeto.

—Conozco la historia, querido —Virginia sonrió, y su cuerpo entero pareció iluminarse—. También sé que su familia te dio una paliza y te desgarró la ropa. Fuiste a casa de Mary como un loco y le tiraste la fusta a la cara.

—La arrojé al suelo, no a su cara. Y sí, me echaron a puntapiés de casa de su tío. Eran un atajo de cobardes y paletos.

—Diste de latigazos a un hombre por amor a una mujer… —murmuraba Virginia cuando abandonaban el local— ¡Mi brillante poeta resultó ser un caballero! Y aún te preguntas qué es lo que me atrajo de ti, Eddie.

Cuando Poe salió a la calle, los pocos transeúntes se preguntaron quién era aquel borracho que caminaba tambaleándose, hablando solo y sonriendo ligeramente como si el mundo entero fuera un chiste de mal gusto.



Cinco días después, un vagabundo mal vestido que deliraba, febril y enloquecido, fue ingresado en un hospital de Baltimore. Llegó con una nota garabateada en un bolsillo de su chaqueta destrozada. Alguien lo había reconocido y había avisado a un médico amigo suyo.
El médico, a pesar de sus esfuerzos, se vio obligado a atarlo a una cama y a sedarlo fuertemente, y por más atención que prestó a sus desvaríos, no encontró en ellos rastro alguno de razón.

—¡Reynolds! —gritaba Poe una y otra vez—. ¡Reynolds! ¡Vete, huye! ¡Aléjate mientras puedas! ¡No está hueca!

—¿A quién está llamando? —preguntaba el médico. —¿Quién es Reynolds?

—¿No le conoce, hombre? Reynolds, el explorador. Decía… decía que la tierra está hueca… ¡Hueca! ¡Insensato! ¡Se equivocaba, doctor, se equivocaba! Porque allí me he encontrado… No, no fue allí, fue en un miserable tugurio del puerto…

—¿A quién, señor Poe? ¿A quién se ha encontrado?

—¡A Gordon! ¡A Gordon Pym, el maldito marinero sobre el que escribí! ¡Así se hizo llamar el muy canalla! ¡Tres días he pasado con él, negociando, bebiendo y peleando con espadas y con palabras!

Cuando Edgar perdía el control, el doctor se alejaba, despacio, maldiciendo las drogas y el alcohol que habían arrastrado a una mente tan brillante a la locura.

—¡Sabe rimar, doctor!— gritaba una y otra vez. —¡Rima mejor que yo, maldito sea! ¡Mejor que yo!

Al tercer día pareció recuperar algo de lucidez, y los médicos aprovecharon para hablar con él.

—¿Hay esperanza, doctor?

—Señor Poe, su estado es muy grave —le dijeron.

—No quiero decir eso. Quiero saber si hay esperanza para un miserable como yo —respondió.

Entonces se quedó profundamente dormido. A veces parecía despertar y murmurar frases ininteligibles.

—Me ha ganado… Me ha vencido con mis propias armas. He perdido aquello que jamás fue mío.

No recibió ninguna visita. Ni su prometida, ni su tía Muddie, con quien vivía, sabían de su estado. Pero cuando la luz bajaba, cuando la estancia se iluminaba con la escasa luz de las estrellas, se dibujaba a su lado la silueta de una joven, apenas una niña, que cogía su mano y parecía apretarla con fuerza.

Finalmente una noche, la quinta desde que ingresó en el hospital, la enfermera avisó al médico de guardia. Edgar Allan Poe se moría.

—Que Dios ayude a mi pobre alma —dijo con voz entrecortada.

El ritmo de su respiración descendió poco a poco hasta detenerse, y su corazón dejó de latir. Cubrieron su rostro con una sábana y se alejaron de la sala. Si se hubieran girado habrían podido ver, por un instante, dos figuras etéreas que se alejaban, casi desdibujadas, juntas, cogidas de la mano. Les esperaba una eternidad en lo más profundo, donde jamás llegará la luz del cielo, una eternidad que pasarán juntos.

«Volvería a pagar el precio, una y otra vez», había dicho ella. Edgar, cada día de dolor y sufrimiento infinitos, piensa que tiene razón, y lo seguirá pensando durante mucho tiempo. Cada noche vuelve a negociar, rimando y golpeando, por el alma de su amada. En cada ocasión está más cerca de vencer.
  • Volver arriba

pevi
  • pevi

  • Meteor

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 10 sep 2003
  • Mensajes: 7.689
#15

Escrito 24 noviembre 2012 - 14:55

Relato11

LA CAÍDA DE LOS SUEÑOS





—Rompiste tu promesa. Me has traicionado.

Su voz era fría, poco más que un murmullo. No había nada que temer cuando Marco Antonio vociferaba y blasfemaba, pero ese hilo de voz palpitaba de rabia y anunciaba tormenta.

—Retirarnos fue lo más sabio —contestó Cleopatra, la cabeza erguida y la voz firme—. En primer lugar, nunca debiste presentar batalla por mar. Desoíste todas las advertencias.

No había tenido elección. Las legiones de Octavio, comandadas por Agripa, eran más ligeras, estaban mejor manejadas y llevaron la iniciativa en todo momento. Al ver el combate perdido, la reina huyó llevándose su armada. Antonio tuvo que elegir entre seguirla o morir.

—¿Y ahora sabes tú de estrategia militar? —Apretó los puños—. No ha llegado el día en que una mujer me dé lecciones de guerra.

Cleopatra sentía un nudo de rabia en la garganta. Debía dominarse, era la reina. Debía esconderlo todo bajo la máscara pétrea de real indiferencia. Su segunda piel.

—No sé de guerra, pero sé de hombres. Tu orgullo nos ha condenado a ambos.

—¿Mi orgullo? No. Ha sido mi amor. —Clavó en ella sus ojos verde olivo—. Has hecho que tenga algo más valioso que perder que mi propia vida. Huí detrás de ti en vez de aceptar mi destino en la batalla, dejando morir como perros a mis hombres. Me has convertido en un cobarde. —Se abalanzó sobre Cleopatra y rodeó su cuello con las manos ásperas—. Me has roto. Me estás entregando a Octavio.

Cleopatra arañó, forcejeó y se liberó con un grito. Corrió hacia sus aposentos, seguida por sus criadas, y se encerró.




Se secó las lágrimas y la debilidad. Respiró hondo y recuperó su postura digna. Miró a su alrededor. Una nube de incienso en la que parpadeaban las velas. Prendas de lino blanco, cojines de seda, joyas de oro. Un mundo que se tambaleaba al borde del abismo.

«Entrégamelo y conservarás tu corona», le había dicho el mensajero. En su día lo hizo azotar para castigar la osadía de Octavio. No traicionaría jamás a su esposo. Pero la idea, la semilla de aire, ya había sido plantada en su mente. Y las dudas la habían estado regando. ¿Era ese el hombre del que había estado enamorada? Deseaba su cuerpo, sí, y tenía sed de él. Adoraba su intelecto y su carácter. Pero lo que verdaderamente amaba, como mujer y como reina, era su futuro. Y el futuro de aquel hombre se había ahogado en el golfo de Ambracia. ¿Podía simplemente desprenderse de él, del padre de tres de sus hijos, y entregarlo a Octavio?

Ante ella estaban sus más diligentes y fieles criadas: Charmion, que la vio nacer, e Iras, la joven que la peinaba y calentaba su lecho. Eran bastardas de su difunto padre y, por tanto, de baja cuna, pero ella siempre las había considerado sus almas hermanas. Su vigor, su sabiduría, sus confidentes.

—¿Quién soy? —preguntó Cleopatra.

—Sois la reina, mi señora. Sois la diosa Isis encarnada —se apresuró a contestar Iras, siempre impetuosa.

—¿Quién soy? —insistió Cleopatra.

—Sois el sol y sois Egipto, mi señora —respondió Iras de nuevo.

—¿¡Quién soy!?

El grito rasgó el aire, dejando una estela de silencio tras de sí.

—Sois una mujer —dijo Charmion con su voz suave y pausada—. Una madre, una esposa.

Cleopatra cerró los ojos. Vio esa mirada anhelante cuando por primera vez se encontraron Antonio y ella. Oyó los secretos de amantes murmurados en su oído. Sintió las fuertes manos en su cuerpo y el aliento jadeante en su cuello. Recordó (¿cómo pudo olvidarlo?) que sólo tenían sentido las noches en que los dos eran uno.

Se habían prometido el mundo uno al otro, pero ambos habían roto su promesa. Nada de eso importaba ya. Pero aún podrían olvidar quiénes eran y volver a empezar, sólo los dos, en otra vida. Una vida sin promesas de poder, sin más sueños que el de no despertar jamás.

«Volverá a mí. Tiene que volver».




Marco Antonio abrió un ventanal del palacio y se apoyó en la baranda de piedra. Moría el verano en Alejandría, de aquella forma tan noble y bella, y la ciudad estaba bañada por la luz dorada de la tarde lánguida. El sol arrancaba destellos de las picas de bronce en las almenas, y bañaba de ámbar los estandartes y las velas de las galeras. Los estandartes y las galeras de Octavio. «Ya está a mis puertas».

Octavio se sabía vencedor. Negociaría la rendición de la guarnición de la ciudad, para vencer sin derramar una gota de sangre en Egipto. Ofrecería el mismo indulto que a las legiones que se habían pasado a su bando anteriormente. Alimentaría su ego con esa farsa de magnanimidad que heredó de su tío. Pero, para cuando el sol se alzase rojo de nuevo, la ciudad y Egipto estarían en su puño.

Pensó en cómo recordarían a Marco Antonio las generaciones venideras. ¿Como un gran general que perdió su última batalla? ¿Como triunviro desposeído? ¿Como consorte de una reina que lo traicionó? Nada de eso estaba ya bajo su control. Comprendió lo que siempre había sabido, que lo único que podía hacer era afrontar el destino que le deparara Octavio. Había vivido toda su vida como un soldado, y no podía morir como otra cosa.

Entonces entró Charmion. Sus piernas apenas la mantenían en pie, y su túnica blanca de lino lucía una mancha roja y húmeda.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Antonio.

—Mi señor, la reina...

La criada cayó de rodillas al suelo.

«No. Cualquier cosa menos eso».

—¡Habla!

Y Charmion habló, luchando por dominar su voz.

—Nuestra Veneración se ha quitado la vida en sus aposentos.

Fue como si una mano negra agarrara las entrañas de Antonio para no soltarlas jamás. La guerra, la derrota y el suelo bajo sus pies dejaron de ser reales.

—¿Por qué no me ha esperado? —Se oyó decir.

—La reina muere sola —contestó Charmion, sin levantar la vista de la alfombra—. Es la costumbre. —Se levantó como pudo y abandonó la estancia.

No podía creerlo. Tenía que ser mentira, un engaño de Octavio. Iría a las habitaciones de Cleopatra y la encontraría en su cama, vestida sólo con joyas. Porque ella jamás sería capaz de irse sin él. Pero entonces recordó una verdad que le hirió como un látigo. «Me has traicionado». «Me has roto». Él la había matado. No con una espada, sino con palabras. Y de ningún modo podría sacar fuerzas para ver a Cleopatra muerta en su lecho. Ni siquiera Marte las tendría.

Caminando como en un sueño, se dirigió a la armería. No oyó los ecos que despertaban sus pasos sobre el mármol. No vio las sombras de la noche emergiendo de los rincones. Sólo vio su espada corta, su vieja amiga. La que nunca lo había fallado, la que entendía todo en silencio. Pasó los dedos por su pomo. No debería haberse separado de su vieja amiga. No debería haber olvidado quién era. La abrazó con ambas manos y la calvó en el estómago. Era un soldado que volvía a casa.

Cuando Cleopatra llegó a él y lo abrazó, sus ojos ya se habían nublado para siempre. Se aferró él y a cada gota de calor que perdía su cuerpo.




La noche reptaba como una serpiente por las estancias del palacio cuando Octavio entró en la sala del trono. Cleopatra lo esperaba sentada, vestida con sus galas reales, cayado en mano. No quedaba ningún guarda en el palacio. Sólo estaban con la reina sus dos criadas de confianza y los esclavos.

—Al fin soy testigo de la gran belleza de Cleopatra. —Dijo Octavio. Sus labios sonreían; sus ojos no—. Y veo que vuestra fama es más que merecida.

La reina lo observó por primera vez. Era un hombre con cara de niño. Aspecto altivo, orgulloso y frío. Se creía un rey, pero no era un hombre como Antonio. Solamente era un soldado de lengua retorcida.

—Yo también he oído hablar de vos.

—Me sorprende que no os acompañe Marco Antonio. Tengo muchas ganas de reencontrarme con él.

«Sé fuerte. Ponte la máscara de piedra. Eres la reina».

—El rey ha muerto. —«Yo lo maté. Con mi lengua y mi insensatez. Intenté que volviera a mí y lo alejé para siempre. Soy una niña con corona»—. Sólo podréis reencontraros con su cuerpo.

La noticia sorprendió a Octavio. Dudó un instante si lo que oía era cierto. Luego, la sonrisa murió de sus labios y renació en sus ojos.

—Me duele oír eso. ¿Cómo murió? No me consta que resultara herido en la batalla

—Murió con honor —respondió Cleopatra, con un nudo en la garganta y una lágrima floreciendo en su párpado.

—Es una tragedia perder a un hombre como él. Mi pésame. Debéis estar abrumada por el dolor. Venid conmigo a Roma, lejos de estas paredes que os recordarán siempre vuestra pérdida. Honradme con ser mi huésped. Deseo mostraros toda la ciudad.

«Con grilletes». Tragó saliva, tragó rabia.

—Me temo que estoy demasiado consternada para emprender un viaje así. Os ruego que entendáis que descanse unos días.

—Os doy dos noches para llorar a vuestro marido en el palacio. Partiremos al siguiente amanecer. —Se giró hacia uno de sus oficiales—. Tireo, asegúrate de que la reina esté cómoda y a salvo. Como si fuera mi invitada también aquí, en Alejandría.




Su guardián era obediente, disciplinado y frío como un témpano. Permanecía de pie a sólo unos pasos, con los ojos clavados en Cleopatra y las manos en el cinto de su espada. En ningún momento la miró como un hombre mira a una mujer. Tireo se percataba de cualquier movimiento que se produjera en la sala. La seguía a donde quiera que fuera sin concederle intimidad alguna, y con él iban otros dos legionarios, lanza en mano.

—Octavio quiere que vaya con él a Roma —dijo Cleopatra a nadie en particular, la tarde de su último día en Alejandría—. Seguro que dará paseos conmigo por toda la ciudad en una litera sin velo. —Rió sin ganas—. ¿Sabéis qué significa esto, hermanas?

Charmion respondió.

—Quiere exhibiros ante su pueblo.

—Como un trofeo, sí. Como los cuernos de un ciervo que hubiera cazado. ¿Y cuánto tardará su pueblo en abuchearme? ¿Cuánto tardarán los comediantes en parodiarme a mí y a Antonio? ¿Cuánto tardarán las prostitutas en vestirse como yo?

—¡No puede ser! —dijo Iras.

—Eso es lo que ocurrirá cuando vaya a Roma con Octavio —siguió Cleopatra—. Luego me encerrará en una villa, y seré su mascota.

Pero su guardián hacía tan poco caso a las palabras de Cleopatra como a su feminidad.

—¡Me arrancaré los ojos antes de ver eso! —gritó Iras, y lanzó una mirada de hielo a Tireo.

—No harás nada de eso. —Se volvió hacia Charmion—. Tengo hambre. Me apetece algo dulce; tal vez higos. Traedme una cesta de mi jardín.

Charmion leyó los ojos de su reina antes de asentir con solemnidad. Tireo mandó a un guarda acompañarlas, para que no fueran a las cocinas en busca de un cuchillo.

Al rato, Charmion e Iras estaban de vuelta con una cesta. Cleopatra comió dos higos y, al ir a buscar el tercero, su rostro se iluminó. Iras se abalanzó sobre Tireo. Cleopatra sacó una cobra del fondo de la cesta y la abrazó contra su pecho. «Seré yo quien vuelva a ti, Antonio». Tireo hirió a Iras, pero cuando llegó a Cleopatra un hilo de sangre manaba de su pecho. Iras se arrastró a los pies de su reina, y Charmion abrazó también la sierpe.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó Tireo.

Fue Charmion quién contestó, luchando por sostener la corona sobre la cabeza de Cleopatra.

—Lo que debe hacer una princesa, descendiente de tantos nobles reyes.

Luego cayó al suelo. Su mente se sumió en la negra telaraña del sueño.
  • Volver arriba


  • Nuevo tema
  • Por favor identifícate para responder
Publicidad
Publicidad

0 usuarios están leyendo este tema

0 miembros, 0 invitados, 0 usuarios anónimos